Thursday, June 19, 2008

La cuestión humana

En el cine Arteplex que está al lado del obelisco, cuando estas viendo una película, el subte te pasa por arriba. O por abajo. O por el costado. Pasa cerca.

El otro día fui a ver “La cuestión humana”. Cuando salí, después de más de dos horas intensas, sentado en la cuarta fila y en encostado derecho de la sala, las cacerolas sonaban alrededor del obelisco.

Caminando para ir a comer una pizza en Banchero, vi a un chico, de unos quince años, cruzando la Nueve de Julio con un cencerro. Iba acompañado de su madre.

Voy al campo desde chico, aunque no conocí ahí los cencerros. Casi ni se usan. Al menos no se usan en los campos de la Pampa húmeda. Me han dicho que en el sur, para las ovejas suelen usarlos. Yo los conocí en mi casa.

Quien tiene un cencerro es porque no tiene animales. Es un símbolo. Una ilusión. Su sonido no llama a nadie, porque no hay nadie que lo escuche. El que no tiene animales es porque no tiene tierra. Cualquiera que tiene tierra, ahí están los animales.

En la cuestión humana, comparaban la fragmentación de las tareas en la exterminación de personas por los nazis, con las tareas en las empresas contemporáneas. El centro de este orden eran los recursos humanos.

En Banchero hay una foto enorme, que debe ser de los años 30, 40, en que se ve a decenas de hombres de traje, aunque algunos con ellos roídos, y llevan también sombreros, boinas; y, entre exhaustos y felices, miran el foco de la cámara, frente a unos moldes negros, grandes, con unas pizzas de molde recién salidas del horno.

Había una empleada de recursos humanos, muy rubia, que estaba muy caliente con el protagonista, compañero de tareas. Y como mucha atención no le prestaba va a buscarlo a una fiesta con una peluca morocha. Un morocho azabache. Y él no la reconoce. Y hasta parece que la desea.

En una parte de la cuestión humana leen una carta donde se explica exactamente como construían los camiones y los depósitos a los que transportaban a los prisioneros que llevaban a los campos. Era muy importante no apagar la luz hasta matarlos, porque cuando todo se ponía oscuro algunos gritaban. Era muy importante la reja que protegía la luz.

A Banchero entró alguna gente con cacerolas. Se los veía muy contentos. Pero no era la misma alegría de los de la foto vieja. Ahí había trabajo. Había como un lustre en las caras, en los cuerpos. En la ropa. Parecían moldeados por su tiempo. ¿Viste esa gente que se ve que no puede ser de otra época? También Clark Gable era así. Y John Wayne.

Con un cencerro alcanza para ordenar a toda una manada. Con una TV alcanza para que en un recinto como el de un restaurant a nadie le sea indiferente lo que se transmite. Con un ticket que te dan cuando pagas tus facturas, podes sacar dos entradas para ir al cine. Al menos al Arteplex.

En mi casa había una colección de cencerros, todos alineados sobre el durmiente que formaba el borde superior del hogar. Así quedaban, los cencerros, el durmiente de alguna vía del tren y abajo se hacía el fuego con quebracho colorado. A mi me encantaba hacer el fuego. Después pensé que ahí faltaban los animales, la tierra, los trenes y algún bosque. Y también faltaba yo.

De todos los protagonistas de la película hay solo uno que parece encontrar una salida. Está alienado, roto. Escribe cartas para denunciar el pasado, y en el presente habla con la música. Y en el presente come solo en un bar.

La última vez que fui al campo, estuve en una gran estancia en San Luis. Los peones, vivían durante la semana en unas habitaciones, una al lado de la otra, con un baño común. El baño estaba muy limpio. A la mañana, uno se levantaba y preparaba carne a la parrilla, su desayuno. Se los veía muy felices. Tenían un lugar, donde estaba la parrilla y preparaban los mates mañaneros, con una televisión con Direct TV. Entre todos los canales, elegían el 7. Miraban el Festival de Jesús María. Al lado de sus cuartos, había otros, donde dormía yo, ya bien pintados de blanco y con un baño cada dos camas. Y un comedor propio. Luego había otra casa, con galería, cochera y varias habitaciones. Era la del mayordomo. También tenía Direct TV. Había una última casa, del dueño, que iba dos o tres veces al año, y tenía ropa preparada siempre para esos días. Y también tenía Direct TV. La carne que se comía en cada una de las cosas era la misma, se faenaba en una carnicería propia que tenía la estancia.

El campo quedaba al lado de una localidad que se llamaba Nueva Galia. En realidad la estancia. El campo no tiene lugar. Todo es el campo. Cuando yo era chico decía “me voy al campo”. En el colegio algunos me preguntaban dónde tenía el campo. Una estancia no es el campo.

Simon, el protagonista de la película, es ordenado por un jefe que investigué al gerente de la empresa. Este jefe, descubre después, no tiene ni padre, ni madre, ni hermanos. Fue parte de un programa nazi de reubicación de niños. El es el que dice que el gerente parece estar loco.

Un amigo italiano, de familia napolitana pero que vivió mucho tiempo en Roma, me explicaba que la pizza de molde es la que se come en el sur. La fina es la de Roma. En Buenos Aires, la tradicional es la de molde, ancha, contundente. Me acuerdo en los ’90 que aparecieron unas pizzerías más elegantes (en realidad más decoradas), en las que se hacía la pizza fina. Y crocante. La de Banchero no es como la romana.

El hombre que tocaba en la orquesta y comía solo en el bar, dice que ya hoy se habla de problemas. Se dice que hay un problema y luego se detallan las fórmulas técnicas para solucionarlo. Para ‘la cuestión humana’ no hay técnicas. No es un problema. El hombre toca el violín.

Simon es psicólogo. Para conocer al gerente de la empresa, utiliza como excusa una investigación sobre la banda que él formó para tocar en la empresa. Se juntan varias veces en la casa de Mathias, el investigado. El anfitrión bebe whisky, el invitado champagne. Las veces siguientes, ambos toman whisky.

A Mathias se le murió un hijo. ¿Por qué un hijo siempre ‘se le muere’ a alguien?

Simón en un momento va a los archivos a obtener información sobre Mathias. La rubia lo lleva, guiándolo. En la entrada hay dos mujeres jóvenes trabajando en sendas computadoras. La rubia cuenta que están informatizando todo el archivo, desde algo así como 1929. Al llevarlo hasta el fondo del archivo, lo besa. Lo besa con cierta violencia. Así a veces es la memoria, un lugar en el que si llegás hasta el fondo, parece una rubia que te tira contra sus paredes y te besa con violencia.

Friday, June 13, 2008

caracoles

Caracoles de espuma, de arena, rotos

caracoles, en el hambre,

en el cuello de tu cama

en el ruedo de la funda de mi almohada

en el tiempo en que se funde

el amor en la mirada, en un segundo,

en el fuego de un avión cuando se cae.

Caracoles en los mensajes de texto de madrugada

en la heladera que aun llena se ve hambreada,

en la sed de mi ventana, en el día de volver.

Caracoles en la panza de los gatos,

en el rio que me moja entre las sábanas

en las redes, en las palmas

en el niño que tienta con volver.

Mar



Quizá porque mi niñez
sigue jugando en tu playa,
y escondido tras las cañas

duerme mi primer amor,
llevo tu luz y tu olor
por donde quiera que vaya,

y amontonado en tu arena
guardo amor, juegos y penas.

Yo,

que en la piel tengo el sabor
amargo del llanto eterno,
que han vertido en ti cien pueblos

de Algeciras a Estambul,
para que pintes de azul
sus largas noches de invierno.

A fuerza de desventuras,
tu alma es profunda y oscura.

A tus atardeceres rojos
se acostumbraron mis ojos
como el recodo al camino...

Soy cantor, soy embustero,
me gusta el juego y el vino,
Tengo alma de marinero...

¿Qué le voy a hacer, si yo
nací en el Mediterráneo?

Y te acercas, y te vas
después de besar mi aldea.
Jugando con la marea

te vas, pensando en volver.
Eres como una mujer
perfumadita de brea

que se añora y que se quiere
que se conoce y se teme.

Ay...

si un día para mi mal
viene a buscarme la parca.
Empujad al mar mi barca

con un levante otoñal
y dejad que el temporal
desguace sus alas blancas.

Y a mí enterradme sin duelo
entre la playa y el cielo...

En la ladera de un monte,
más alto que el horizonte.
Quiero tener buena vista.

Mi cuerpo será camino,
le daré verde a los pinos
y amarillo a la genista...

Cerca del mar. Porque yo
nací en el Mediterráneo...

Tuesday, June 10, 2008


no fueron los ojos, el oro ni el tedio

la sed en la cara

tampoco mi mal

no fue por la pesca del día

la piedra en el cielo

ni el whisky sin hielo

tampoco mi mal

no fueron los pájaros negros

el miedo en el suelo

mi frío, mi creo

tampoco mi mal

no fue por el viento en la cara

el espejo en la palma

tampoco mi mal

no fueron los que nunca vinieron

la nube en el hambre

el río, deseo

tampoco mi mal

Thursday, June 05, 2008

felicidad

es un supermercado un rato un avión

es un guiso con panceta un primer beso un error

es un chango lleno de quesos una samba un adiós

es un reloj a cuerda una almohada nueva un roedor

es un traje azul eléctrico un escondite un avión

es “un dia de domingo” un carnaval un amor

es una estrella un faro un cross

es un supermercado un rato un avión

Tuesday, June 03, 2008

oro

La hierba roja frotándole los pies al desertor. Espuma, espuma, espuma… todos los días en otoño y en Pekín. Y en el Marais. Miasma y pantano. La antigua tierra, hoy entre puentes de piedra y acero. Embarrado de plumas con un falafel y el amor entre las manos, cruzo de un lado al otro. Voy y vuelvo. Los ojos de oro y mi cuerpo doblado como una servilleta de papel. Mis ojos de oro y mi cuerpo flameando como una vela de papel. Yo arrancacorazones. Yo caballero. Yo desertor. Yo rojo. Yo hormiga. Yo lobo – hombre. Yo feo. Yo canto,

…Je bois systématiquement

pour oublier…

Saturday, May 31, 2008

África

Un francés mezcló vino con quinina hace más de cien años, le sumo otras hierbas, cáscaras de naranja (lo que sobraba, sí) para que los legionarios franceses que colonizaban el norte de Africa evitaran la malaria. Quizás también el paludismo. Ahora, escribo esto bebiendo el Dubonnet, esta creación, con hielos Rolito. Con la sed de la noche que empieza. Estoy solo. Y la palma de una mano me palpa la frente. Hace frio. Y porque no tengo nada que escribir, bebo. Y porque la malaria hace cosquillas en la planta de los pies, bebo. Y porque no voy a ir a combatir a África, bebo. Y porque puedo gritar ‘guerra’ en francés, bebo. Y porque tengo Rolito en el freezer, bebo. Y porque la noche me espera, bebo. Y porque la aria mala quizás esté en el fondo de la madrugada, bebo. Y porque Joseph Dubonnet creó, bebo.

Thursday, May 29, 2008

Mapa

Un mapa, atrás de un retrato viejo y familiar, en el altillo de una casa que los padres, que, ya inútiles, no pueden sostener. La primera (¿o última?) luz del brillo de un tesoro, en un papel viejo, escondido en la basura familiar, al alcance de los chicos que quieren salvar su mundo. Un sistema de señales cifradas, en la espalda de la historia familiar, el tesoro de hacerse grandes. Un mapa, un tesoro, el viaje.

El mapa de la Francia conquistada, con el estandarte quebrando la tierra. La Galia. Mi Galia, resistiendo. Los capítulos que más me gustaban eran los que viajaban. Cleopatra, Bretaña. Helvecia. Los viajes en barco. Las cosas pasaban afuera del pueblo. Defender ese pedazo, resistir, siempre era el primer y último paso de un viaje.

Pegado a la pared de mi departamento de Coghlan había un mapa. Estambul. Cuando lo usé en esa ciudad, lo doblaba hasta que tuviera, la parte que estaba siguiendo, el tamaño del de cada página de la guía T. aunque en ese momento no conocía esta guía. Estambul en Coghlan era una piedra preciosa, la puerta del deseo, el amor como un pedazo de tierra partido al medio, pero con muchos puentes. Una linterna a dínamo. Un sol a energía solar. Un reloj a cuerda.

Volví a Estambul ocho años después. Y conseguí un nuevo mapa. Lo doblé de una manera similar, buscando recordar. Se rompió a las pocas horas. Un compañero de viaje compró otro. Tenía unas tapas duras que no me dejaban plegarlo. Busqué otros mapas, por toda la ciudad. Nunca encontré el que quería. Nunca encontré el que buscaba.

Conocí Paris con tiempo y un mapa chico y de tapas rojas. Un librito que parecía viejo. En verdad no viejo, anticuado. La conocí de a pedazos. Por páginas. Aprendí que los mapan no sirven tanto para encontrar como para perderte. No hay ninguna cuadrícula en una ciudad cruzada por un río, cortada en diagonales y que creció subiendo a un Monte. Las calles te hacen derivar todo el tiempo. Divagar. Y el mapa es la forma de encontrarte. De ver exactamente el lugar en que estas perdido.

La guía T perdió sentido tres meses que caminaba de Caballito a Palermo. En las casi dos horas que hacía cada viernes de la Facultad a la barra de mi trabajo, calles y avenidas, pasajes y plazas, parques y pasos a nivel. Descubrí Almagro y Villa Crespo. No eran todavía barrios. Eran un paso de un lugar a otro. Eran tres o cuatro páginas de la guía. En ese momento me compre un mapa y lo pegué en la pared de la cocina. Buenos Aires entera. Mi primo le dibujó unas tortugas abajo, simulando la visión de la tierra cuando esta tenía un fin real. El lugar en que ya no había más nada. El más allá de la General Paz. El fin del mundo, el límite de la historia y la imaginación. Algo que era a la vez, un pasado y el futuro. El lugar en el que había vivido casi todos los años hasta ese momento.

Monday, May 26, 2008

7

Uno – que sea la última vez. Y que la primera no sea la última

Dos – ya ni te sabes eso que me dijiste, eso que eras. ¿Donde es que te olvidas las cosas? Tus palabras…

Tres – quiero que salgamos a caminar. Hace frío. Pero podemos andar juntos y taparnos uno al otro. O podemos ir parando en los bares, los zaguanes y los besos

Cuatro – ¿te acordás del vestido que tenía cuando te conocí?

Cinco – no se si te voy a querer siempre como hoy. A veces no sé.

Seis – ya es la hora

Siete – te quiero, mucho. Tanto que a veces me asusto. Y a veces no puedo saber más

Thursday, May 22, 2008

S

El le dijo que después le mandaba un mensaje para decirle a qué hora pasaba. Ella dijo ok. Después, mandó otro mensaje con la dirección. Y firmó ‘besos’. El plural a el le gusto. Cuando se estaba cambiando, el la S final lo puso nervioso. Dudó entre dos camisas y se puso a planchar una de ellas sobre la cama. Mientras se calentaba la plancha, volvió a leer los mails. Puso en el gmail el nombre de ella, y aparecieron tres mails. El primero tenía un año. Los últimos dos eran de hace un mes. Borró uno por uno todos los mensajes y dejó dos. Los dos eran de ella. Planchó la camisa y pensó qué tenía ganas de beber. Jameson. No. Vat 69. Tampoco. Martini rosso. Fue a la heladera y no había soda. Sacó del freezer la botella de vodka Smirnoff Black y sirvió un shot. Aroma a nada. Lo bebió de un sorbo. Se sirvió otro. Puso a cargar el teléfono y volvió a ver los mensajes. Aunque no había ninguno nuevo. Con el shot de vodka en la mano, se sentó en el suelo de la cocina para ver el mapa de Buenos Aires de la pared. Devoto realmente estaba lejos. Flores también. En ese momento se dio cuenta que estaba oscuro. El viento arrastraba hojas secas en el patio, y solo sentía el ruido. Prendió la luz de la cocina, tomó tres galletas marineras y se fue al patio. En una revista de cine, vieja, comprada en Corrientes a tres pesos, vio la foto de Brando. Marlon con las manos grandes, gordas buscaba algo entre los cocos. Entre los cocos y todo el ron que se habían bebido en ellos. Ella con los ojos cerrados, parece acariciar lo que él busca. Hay fotos. Fotos sobre ellos, enmarcándolos. Fotos viejas, en blanco y negro. Con la plancha con la luz roja encendida, planchó la camisa blanca. Buscó la corbata negra. Afuera hacía frío. La de Marlon parecía una última salida. Las cosas encontradas y perdidas arriba de la mesa. Las manos buscando, sin intención. Los cuerpos abandonados, sin peso, livianos como lo cocos vacíos. Un final posible. La S volvió a su memoria. El cuerpo se le volvió a tensar, y la luz que prendió el vecino le dejó ver el patio, las hojas. El viento. El teléfono vibró. Mensaje nuevo.

Tuesday, May 20, 2008

lo que tengo enfrente

Una foto con un pedazo de sandia. Caracoles en un frasco de vidrio con agua de mar. Un robot de plástico a cuerda. Paraguas chinos de papel. Una copa. Una bola negra. Barco de madera con las velas hinchadas. Dos fichas comodín. Cuatro Madroshkas. Un sobre negro de terciopelo con unos poemas viejos. Una taza de café con sal. Un reloj de un barco de Alemania Democrática. Un encendedor que no anda. Uno que sí. Una linterna amarilla. Un carro con diapositivas en las que estoy yo. Guantes de conducir, negros. Pastiglie aromatiche digestive Leone. Un amuleto turco con un amuleto griego enredado. Un boleto del Metro de Río de Janeiro. Un trompo de Estambul. Un espejo de dama, con un hombre alemán en el reverso. Una piedra del suelo de la vereda de Copacabana. De las piedras blancas. Lápices negros. El manual de anfitriones y guía de golosos. El talonario de facturas. Hilo verde. Una vela. Un vaso con monedas de países que no son el mío. El salero y el pimentero, fantasmas, abrazados. Una varita mágica. Una foto pintada de Rita. Una mía, montado en un animal extraño con ruedas. Marilyn pintada en un espejo. El whiskey que quizás le gustaba.

la coma

Te escribió soledad, no?

Te escribió, soledad, no?

Thursday, April 17, 2008

Johann Christian Friedrich Hölderlin


EL JOVEN A SUS JUICIOSOS CONSEJEROS

¿Pretendéis que me apacigüe? ¿Que domine
este amor ardiente y gozoso, este impulso
hacia la verdad suprema? ¿Que cante
mi canto del cisne al borde del sepulcro
donde os complacéis en encerrarnos vivos?
¡Perdonadme!, mas no obstante el poderoso impulso que lo arrastra
el oleaje surgente de la vida
hierve impaciente en su angosto lecho
hasta el día en que descansa en su mar natal.
La viña desdeña los frescos valles,
los afortunados jardines de la Hesperia
sólo dan frutos de oro bajo el ardor del relámpago
que penetra como flecha el corazón de la tierra.
¿Por qué moderar el fuego de mi alma
que se abrasa bajo el yugo de esta edad de bronce?
¿Por qué, débiles corazones, querer sacarme
mi elemento de fuego, a mí que sólo puedo vivir en el combate?
La vida no está dedicada a la muerte,
ni al letargo el dios que nos inflama.
El sublime genio que nos llega del Éter
no nació para el yugo.
Baja hacia nosotros, se sumerge, se baña
en el torrente del siglo; y dichosa, la náyade
arrastra por un momento al nadador,
que muy pronto se sumerge, su cabeza ceñida de luces.
¡Renunciad al placer de rebajar lo grande!
¡No habléis de vuestra felicidad!
¡No plantéis el cedro en vuestros potes de arcilla!
!No toméis al Espíritu por vuestro siervo!
¡No intentéis detener los corceles del sol
y dejad que las estrellas prosigan su trayecto!
¡Y a mí, no me aconsejéis que me someta,
no pretendáis que sirva a los esclavos!
Y si no podéis soportar la hermosura,
hacedle una guerra abierta, eficaz.
Antaño se clavaba en la cruz al inspirado,
hoy lo asesinan con juiciosos e insinuantes consejos.
¡Cuántos habéis logrado someter
al imperio de la necesidad! ¡Cuántas veces
retuvisteis al arriesgado juerguista en la playa
cuando iba a embarcarse lleno de esperanza
para las iluminadas orillas del Oriente!
Es inútil: esta época estéril no me retendrá.
Mi siglo es para mí un azote.
Yo aspiro a los campos verdes de la vida
y al cielo del entusiasmo.
Enterrad, oh muertos, a vuestros muertos,
celebrad la labor del hombre, e insultadme.
Pero en mí madura, tal como mi corazón lo quiere,

la bella, la vida Naturaleza.

Tuesday, April 15, 2008

sea





Somewhere beyond the sea
Somewhere waiting for me
My lover stands on golden sands
And watches the ships that go sailin

Somewhere beyond the sea
She's there watching for me
If I could fly like birds on high
Then straight to her arms
I'd go sailin'

It's far beyond the stars
It's near beyond the moon
I know beyond a doubt
My heart will lead me there soon

We'll meet beyond the shore
We'll kiss just as before
Happy we'll be beyond the sea
And never again I'll go sailin'

I know beyond a doubt
My heart will lead me there soon
We'll meet (I know we'll meet) beyond the shore
We'll kiss just as before
Happy we'll be beyond the sea
And never again I'll go sailin'

No more sailin'
So long sailin'
Bye bye sailin'

Thursday, March 27, 2008

canción casi cursi para un ex libro




Comodín de la a A la zeta

Comodín si se fue, si regresa

Si se tira en el cama

y no se quiere ir más.


Comodín en la espalda de la noche

con la sábana sucia y enroscada

el olor oxidado en la almohada

con lo que queda, lo que falta

Cuando ya no hay más.


Comodín si la cáscara no alcanza,

La máscara espanta o dejas de reir.

Comodín en el pozo del odio

En los besos de otro, en tu mal

en mi mal.


Comodín de la eme a la zeta

si se fue, si regresa

si se cae en la cama

y no se duerme más


Comodín si la boca se te seca

si muele el ardor la madrugada

crece el amor debajo de la cama

y las flores huelen tan mal.


Comodín entre vos y la madrugada

en la frazada que son

algunas últimas palabras

en lo que queda

en lo que nunca va a estar


Comodín de la W a la Zeta

en tan poco pasado

en perder en la risa

por los besos que guardo

en un libro prestado

que no va a estar más.

los txipirones



El primer Auzmendi vino desde un pueblo llamado Ataun, a unos 40 km. De San Sebastián, internándose en las montañas verdes de Guipúzcoa. En ese pueblo dormí los días que estuve en el país vasco. A la noche me fumaba un Gitanes negro sin filtro en la galería del jardín y buscaba canciones en la memoria.

Entre Ataun y San Sebastián cada casa tiene su huerta y en ella se cultivan lechugas, cebolla dulce, brócoli, tomates, entre otras verduras. La gente come lo que crece en la huerta tomándolo de ella solo en el momento de cocinar.

También hay cabras llevada por pastores por los caminos y las montañas. Todos ceden el paso a las cabras.

Viniendo desde el sur, como llegué yo, el paisaje se va transformando de piedra a agua y de agua a valle. Como si nubes verdes y luminosas cayeran sobre las montañas y se derritieran hasta los ríos. Hay cientos de verdes distintos.

San Sebastián forma un arco de luces con el mar entrando como un amante entre montañas y piedra. El día que llegué, llovía. En la playa no había nadie, y nadie faltaba.

Sobre uno de los lados de la playa, el barrio viejo vuelve la ciudad a una geometría precisa y ordenada. Hay bares pequeños, algo ruines y ruidosos que ofrecen, en platos, sobre la barra, tapas frías. Las calientes se sirven por pedido.

En uno de ellos, comí una de las cosas más ricas que probé en mi vida. Eran unos chipirones (txipirones) con salsa verde y acostados, mansos y apenas crocantes, sobre un pedazo de queso de cabra.

Cuando era chico amaba las historias de barcos y navegantes y había un libro que quería mucho, en el que se veía un pulpo rosado que me fascinaba. Solo los chipriones, a los que llamaban calamaretis, en un restaurant de Valeria del mar vencieron a las rabas en mi gusto. Yo tenía 10 años. Lograba comerme el pulpo del libro.

Cuando abrí este blog, iba a volcar en él historias, imágenes y crónicas gastronómicas. Después hubo poesía, amores, olvidos, viajes, abstracciones, memorias, postales. Pero el título habla de ambas cosas, ya sin distinguirlas. El camino, es quizás el mismo. Búsqueda de sabor, en las cocinas, en las ciudades, en la memoria, en los amores. Un sabor que a veces está perdido. A veces se pierde. A veces está lejos. A veces no. Y siempre hay que buscarlo.

Thursday, March 20, 2008

estrella


Yo quiero la estrella de la mañana
¿donde esta la estrella de la mañana?
Mis amigos mis enemigos
Busquen la estrella de la mañana

Desapareció iba desnuda
¿Desapareció con quién?
Busquen por todas partes

Digan que soy un hombre sin orgullo
Un hombre que acepta todo
¿Qué me importa?
Yo quiero la estrella de la mañana

Tres días y tres noches
Fui asesino y suicida
Ladrón, falsario, indecente

Virgen mal sexuada
Atribuladora de los afligidos
Jirafa de dos cabezas
Pecad por todos pecad con todos
Pecad con los granujas
Pecad con los sargentos
Pecad con los fusileros navales
Pecad de todas maneras
Con los griegos y con los troyanos
Con el padre y el sacristán

Con el leproso de Pouso Alto

Después conmigo

Te esperaré con kermeses novenas jineteadas
comeré tierra y diré cosas de una
ternura tan simple
Que tú desfallecerás

Busquen por todas partes
Pura o degradada hasta la última bajeza
Yo quiero a la estrella de la mañana.


Manuel Bandeira

azulejos

Pensar que había un barco pirata hundiéndose en la espalda de mi sueño, caracoles atados en un collar que traía olas y sirenas a la cama. Pensar que los cangrejos de mis manos, me caminaban hasta atrás del odio. Pensar que los sueños se ordenaban como azulejos. Pensar que yo dormía. Pensar que no.

Tuesday, March 18, 2008

No, no estoy dónde

Sino aquí, riendo

No miro dónde descubrirme

Si no ustedes tratan de

No, no estoy riendo

Sino donde descubrirme

No estoy donde miro

Sino aquí

riendo

Monday, March 17, 2008

ojos


1.

Desde el lomo de una yegua negra

La noche cruzada por un rayo celeste, es un imán y un pozo.

Lo mismo que abisma, atrae, muele

te mastica el ansia como si fuera bronca, masa, papel picado


y si cerras los ojos.

Si cerras los ojos…

2

Por el cabeceo voraz del hambre animal atada

el Cuerpo de mi hombre tiembla, resiste. Tirando de las riendas, la fuerza nada como atravesando una ola de mar

y del otro lado, el sol y un horizonte.


y si cerras los ojos.

Si cerras los ojos…

feliz

Yo fui feliz en la casa de mi abuela. Aprendí a nadar, a disparar un revolver y a besar una mujer.

Friday, March 14, 2008

Thursday, March 13, 2008

el alto

El alto nombra en el pueblo de algunos de mis parientes españoles, al altillo donde guardan los alimentos secándose o en conserva.

Ahí están, las uvas que serán pasas para la sobremesa y las campanadas del fin de año. La huerta cocinada para la vida casi eterna. El cuerpo de madera abierto como una res, ordenando el tiempo futuro, su alimento. Entre los cuartos y el techo, un ambiente sin artificios para secar, proteger, guardar. Un bunker cotidiano esperando. Ahí está la tierra, la luz, las noches. A veces uno dice uno, para no decir yo. A veces uno guarda. Se guarda.

Si uno conserva habrá alimento en el futuro. Pero si uno quiere hacer la cosecha toda conserva, ordenar por tamaños el trabajo o los animales salvajes conquistados, dar un cuerpo blanco a lo que se va a comer y orientar el hambre a una conquista del futuro, el hambre será otra cosa. A veces uno dice uno y quiere decir yo. A veces uno guarda el futuro en el altillo, cierra cocinando al vacío lo que hará abrir el hambre, y cree que se puede dar un orden a todo eso.

A veces uno dice uno, y no es uno.

Sunday, March 09, 2008

no quiero más

fantasmas

Había unos balcones con luces de colores, hilvanadas por un cable blanco. Un tren, creo que era un tren, roto. Un fantasma con un vestido de algodón blanco, diciéndome que no. La casa de mí, niño, con las luces prendidas y prendiéndose fuego. Una mesa de madera con dos vasos de cerveza, las plumas verdes de un animal artificial, la memoria de un beso. Un fantasma con un vestido de algodón blanco, riéndose. Una caravana de gatos con flores, un puente de papel entre mis manos dormidas, el último bolinho de bacalao. Un camino que terminaba en un sofá cama, la sed a la mañana, mi mal. Una guitarra en una cama deshecha, un café frío, un balcón desde el que se veía el mar. Un fantasma con un vestido de algodón blanco, bailando. Un camino hacia un bar en ruinas, un beso en mi espalda, un mapa comido por la humedad, una moneda de 1 Real. Había fantasmas, fantasmas que no veo más.


Monday, March 03, 2008

felicidad

La felicidad está en Manchester, en un día de domingo, en decir no. La felicidad es un monstruo con alas que te da miedo dos o tres veces en la vida. A veces es una canción a las dos de la mañana, en la A.M. Es un plato de papas fritas cortadas a mano. Una inundación que colapsa el tránsito. Caminar entre el tránsito leyendo el Radar. La felicidad está en Manchester, en una carta escrita con tinta china, en decir chau con elegancia. Una vez fue una silla que encontré en la calle, y la calle en que dejé seis botellas con poemas adentro. Una boa de tul naranja, la serpiente que me mordía el pecho y logré dormir, la máscara de odio que descarté en un beso. La felicidad está en Manchester, en una mujer que se saca los zapatos, en un vestido aparecido entre un millón. En haberse ido, en volver a jugar. En el segundo Manhattan, en el mapa hundido en la espalda del sueño, en el olor del pan. La felicidad está en un avión que despega, en la sábana que nos enrosca las piernas, en la sala de preembarque de un aeropuerto internacional. Es tener palabras, romperles la cáscara con las manos, y que no quede nada más. La felicidad está en Manchester, en unas alas de plumas, en haber querido ya.

incendio

En el Once se incendió un depósito clandestino de cotillón porque no había agua, ni cerveza, ni fiesta. En Nueva York se incendiaron las torres gemelas porque dos aviones se clavaron hasta la medula de su estructura. Las oficinas se prendieron fuego porque están llenas de papeles, cables, memorias, escritorios de madera y plástico, cortinas americanas y basura. Seguramente había agua, embotellada, pero ninguna fiesta.

En Rio de Janeiro, la gente compra hasta los días previos al carnaval, cotillón y fantasías en el barrio de Saara. En un gesto de practicidad carioca, eliminaron la h y la referencia exacta al desierto. En el desierto del Sahara, no hay agua, ni fiesta, ni cerveza, pero tampoco incendios. Un incendio posible, sería hacer atravesar un bloco da rua por el desierto, con toda la gente fantaseada, cantando una marchina.

Una marchina popular dice: “decís que cachaça es agua, cachaça no es agua no, cachaça viene del alambique y el agua del río”… En la calle, la gente bebe cerveza, y en los bares suman la cachaca. No vi gente en los bares tomando agua. Rio esta atravesada por varios ríos, que se pierden entre los morros. En verano, las calles están mojadas, con charcos en que se mezcla los desagües de los barrios y las favelas, sudor, meo, y el agua del hielo que enfría la cerveza.

Viendo un mapa de Rio, gran parte del espacio esta ocupado por zona verdes: morros, selva, piedra. Ni calles, ni hombre, ni marcas. En esas zonas, crecen varias de las cientos de favelas. En Santa Teresa, un barrio de antiguos hacendados, de noche se escuchan las ametralladores disparadas en los barrios que ocupan las partes altas del morro. El carnaval, se vive de día, cuando la luz deja ver las fantasías, la cerveza es agua y se ven las caras que oculta la noche, los morros y el sueño.

En el Once se incendió un depósito clandestino de cotillón porque no había agua, ni cerveza, ni fiesta. El carnaval dura cinco días, Rio siempre está a tres horas de avión, todos los meses son más largos que Febrero. El cotillón está cerca, de la línea B y del 93. Encerrando las fantasías en planes y planos clandestinos, manteniendo siempre seco el papel picado, y guardando la fiesta en unas fotos, ya viejas, la mañana después, el año se transforma en un depósito del Once, mugriento, ordenado, oscuro y siempre a punto de prenderse fuego.

Monday, February 25, 2008

criminal

La purpurina cayendo en el café de manha, criminal, la maquina que hace decir ‘dios’ haciendo tic tac en el estómago, criminal, el perdón tentando con una cama al final del rencor, criminal, la boca salpicada de rouge carmín, criminal, los ojos huyendo del desdén en un partido en la TV, criminal, la primera página del trópico de cáncer, criminal, nadar bajo el río con los ojos abiertos, criminal, besar bajo la risa con las manos abiertas, criminal, el aroma a nafta y meo en las calles ruines de Río, criminal, el día en que deje volver, criminal, mis plumas temblando con el viento de un amor, criminal, los rayos todos en mi panza, criminal, mi armazón oxidándose con cerveza helada, criminal, el trueno en el freezer de un mail, criminal, la boa que desnuda al niño, criminal, una fantasía hecha para otros, criminal, otros dedicados a tu fantasía, criminal, los restos de la noche en el olor de una remera negra, criminal, la huella de mi mano en tu espalda, criminal, el río eléctrico que ilumina los ojos, criminal, el odio chino que muele mi amor como una piedra, criminal, la purpurina en la punta de la lengua a punto de decir sí, criminal, lo negro pintado en mis ojos, criminal, lo negro inyectado en mis ojos, criminal, lo negro creciendo en mis ojos, criminal, los colectivos extraños torneando con luces hormigón, criminal, la punta de la mesa comiendo rabas con manos de seda, criminal, mi memoria en el lente de la cámara, criminal, un cabaret náufrago en mi mar, criminal, un deseo brillando sobre la mesa, criminal, una remera, negra y criminal.

Thursday, February 21, 2008

una ventana al carnaval

Cuando era chico yo ya sabía que el carnaval que mostraba la televisión no existía. Lo que no sabía era qué era lo que sí existía.

Desde que tengo memoria, hubo una televisión cerca. En mi casa, en la de mi abuela y en la de mis amigos del colegio. En algunas casas, la tenían frente a la mesa en que se comía. En la mía no. Cuando me fui de mi casa, el primer cambio fue que no había televisión. Si no hablabas, se escuchaba el silencio. El único antecedente de esta experiencia, eran los veraneos, en que las casas no tenían ningún aparato, o alguno muy viejo en que se veían, mal, un par de canales de Mar del Plata.

Cuando era chico, mis padres, me llevaron un par de veces al corso de la calle Avellaneda en Virreyes. Era en Febrero. Esta calle es un boulevard en que en las macetas que dividen ambos carriles, el pasto solía estar quemado, seco y salpicado por basura. Con el paso del corso, sobre el pasto y la basura, caía espuma, serpentinas y papel picado. La espuma se derretía, y se hacían unos charcos de barro. A mi me gustaba saltarlos. Una vez fui con mi abuelo, que tampoco se reía en los carnavales.

En otra casa en la que viví, di vuelta una televisión rota, y le puse un cartel con una frase de Boris Vian: J'avais la télé, mais ça m'ennuyait / Je l'ai r'tournée... d'l'aut' côté c'est passionnant. A mi última casa familiar, volví para rescatar dos cajas con fotos y diapositivas, ropa y unas butacas de un cine viejo de tigre. Si te sentabas, se veía el cartel con las palabras de Vian. La canción se llamaba “Je suis snob”. Creo que era lo mejor que podía ser en esos días. Cuando estaba solo, me tiraba en la cama de uno de mis compañeros de casa, y hacía zapping hasta la madrugada en su 29”.

Cuando me mudé solo, decidí no tener televisión. Escuchaba radio, más que nada A.M. La F.M., tenía como una urgencia por la alegría que me molestaba. La A.M., cuando era mala, era por estar como acalambrada por el fastidio. Cuando era buena, era porque hablaban de temas intrascendentes, como si fueran importantes. Esto solía suceder después de la medianoche. En un año fui a ver unas 50 películas al cine. La mayoría solo y a las funciones diurnas. Entre ellas Madame Satá.

Madame Satá fue mi primera ventana hacía un carnaval que todavía no existía. Madame Satá era el personaje de Joao Francisco dos Santos. Para mí, la ropa que él usaba era un disfraz, después supe que en Brasil lo llamaban fantasía. Media hora después de descubrir esto, empezaba a enroscarme en una serpiente de tul naranja. Cuando terminó la película, yo lloré. Cuando terminé de ponerme mi fantasía, salí a la calle y estuve bailando desde Santa Teresa a Copacabana y de ahí a Lapa. Lapa era el barrio de Madame Satá.

Cuando llegué a Río de Janeiro, sin saberlo, el primer lugar que pisé, después de la estación de buses, fue Lapa. Era de día y no había nadie. La segunda vez que fui, la gente compraba latas de cerveza en la calle, comía salchichas y parecía no querer entrar a ningún lado. Entré a un bar en que tres músicos tocaban choro y vi una mujer que me encantó. No quiso hablar conmigo. Sentado bajo una ventana desde la que se veía la calle apenas iluminada, bebía cerveza como si ese volumen líquido fuera la arena de mi reloj. Di vuelta varias veces el reloj. A la mañana siguiente, desperté en una habitación llena de fantasías.

Fui al sambódromo, el día del desfile de los campeones. A las tres de la mañana me subí al taxi con dos amigos, bajamos en la puerta, compramos unas entradas ya usadas, entramos y encontramos un lugar en la tribuna más popular. Entre nosotros y el desfile, había otra tribuna que supe, era más cara. Una señora morena, sola, estuvo bailando las tres horas que estuve. Todo el tiempo se reía. Desde la tribuna, ese carnaval desfilando, se veía bastante parecido al que yo veía por la televisión cuando era chico. Pero el carnaval sí existía en esa risa.

De vuelta en casa, la televisión repetía las imágenes del desfile de las escolas campeonas. Beija flor fue la ganadora. Supe que beija flor es la forma de nombrar al colibrí. Desde la ventana, se veían, aún encendidas, las luces del sambódromo. Esa noche dormí en una hamaca paraguaya. Recién al otro día vi la foto. De un lado, la televisión, con el eco de la fiesta. Eco y comentarios. Del otro, las luces iluminando una pista vacía. Y el carnaval, perdido en la ciudad, esquivando las luces y la TV.

Wednesday, February 20, 2008

Cuatro casas y el amor

Una superficie de 140 metros, llena de basura, hollín, palets de pino, una estrella plateada del tamaño de una mesa y azulejos blancos. Una casa ruin, un pozo en mi cuerpo, un acantilado de mármol y hormigón, una carpa en el medio, con almohadones y grititos de seda transparente.

Un colchón en el piso, con una sábana de hormigón roja, desplegándose en mi cabeza. Palabras, palabras, palabras. Como una enredadera regada con agua salada. Sin sueño. Con ramas esdrújulas. Sin verde. Con algunas oraciones en francés. Sin mi dolor aún planchado con las camisas. Con mi risa salpicando a una chica que me hizo feliz un mes.

En la cocina, había una heladera blanca como la espuma de afeitar, y adentro, un queso feta blanco como la espuma de alta mar. Yo corté un pedazo ancho como una rebanada de pan lactal, y le volqué aceite de oliva. Comí con las manos. Esa noche, sentado en un taburete de madera, escuché las estaciones de Astor. Cuando me fui a dormir, empezó a terminar el verano. Cuando me fui a dormir, amaba.

Las puertas de los placards pintadas mirando a Grecia. Grecia en el mail, pidiendo volver. Y el camino en el mapa, iluminado por correos de madrugada, con besos en la firma y PD donde sí brillaba algún deseo. El send y reply terminó trayendo el recuerdo exacto. Fue algo que pasó a la mañana. Fue algo que no iba a hacer. Fue en la forma, distinta, de hacer la cama. Fue en el tiempo entre un beso y otro. Fue con las ventanas del cuarto abiertas. Fue en una casa que tenía las puertas azules. Fue, en verdad, en la distancia. Creí que lo iba a recordar. Creí que era para siempre. Después me dormí. Y volvió seis casas después.

En Lapa, la gente baila y mea en la calle. Cuando llegué, creí que ambas costumbres, eran una forma conjunta de la libertad. O que eran otro nombre para la libertad. Los desagües pluviales, dejan charcos en las calles y es difícil saber si lo que uno pisa es agua. Y en esa duda, pensé, también había algo de la libertad. La gente, fantaseada, bebía cerveza de latas heladas. Entrando desde los arcos, la calle se tuerce mientras se ilumina con cada bar abierto. En el fondo, junto al último bar, había una escalera tapizada de azulejos cortados a golpes, de todos colores y orígenes, un patrullero con dos policías con chaleco antibalas y el Hotel Love’s House. Uno puede subir la escalera, alejándose de la policía e internándose en el morro hacia Santa Teresa, atravesar el umbral, bajo el cartel de Love’s House, o quedarse bailando en la calle. Cuando me fui, creí que en esas posibilidades, había algo de la libertad.

Monday, February 18, 2008

el diablo

El diablo está en la máquina que estampa flores en las telas chinas, en las favelas donde se cría la samba al sol de lamparitas de 45 wats, en los vestidos blancos de algodón, en la TV que comenta un tiroteo nocturno, en las fantasías, en la frontera entre dos países limítrofes. A veces se mira y se refleja en el esmalte carmín, en el iris de los ojos cuando se cierran después de medianoche. El diablo se moja en el asfalto meado, se viste de fiesta mirándose a un espejo de pie, come con las manos, guarda los restos en el freezer, baila abriendo los brazos. Y cerrando los ojos.

El diablo es una peluca roja en Río de Janeiro. Una promesa que se hace a bordo de un avión, de ida, en un viaje sin vuelta confirmada. El diablo duerme boca arriba. Nada con los ojos abiertos. El diablo está en el rocío del campo, cuando el primer sol brilla. En el aire que levanta el mar cuando va a llover. En las madrugadas de la A.M. cuando no puedo dormir. El diablo vive más que una mariposa, pero no vuela, aunque tenga alas. El diablo es la máquina que estampa flores en las telas chinas. El diablo huele a jazmines, azares, canela y clavo. El diablo es uno de los tres deseos del cumpleaños. El diablo a veces existe. Y cuando existe, es una fantasía de carnaval.

Wednesday, January 30, 2008

Apuntes a Antes del amanecer



Los trenes
Para llegar de un lado al otro, el avión. Para recorrer ese trayecto, el tren. El tren da la posibilidad cierta de bajarse en diversas paradas, no solo en el destino final. Uno, aunque de manera sorda y tácita, va decidiendo continuar en cada estación. El destino final se transforma en otra parada, en una excusa, una razón más.

Los que se sientan en el pasillo huyen del paisaje, de su visibilidad como fotogramas, de cómo se funde la luz en pocos colores. En el movimiento, uno se ve móvil, y a la vez inmoviliza el resto del mundo. Un pájaro es una visión de un pájaro. Una casa es siempre un segundo en esa casa. Los que se sientan en el pasillo, huyen del tiempo.

Los libros

Jesse lee a Kinski, Celline a Bataille. Me dijeron que en un tiempo Klauss vivía en un cuarto lleno de hojas de árboles secas. Después lo vi loco en una película de Leone. De Bataille leí algo sobre el erotismo. Una historia creo. Los libros son un ancla, te llevan a un fondo florido, cerca siempre del fango, la arena o las piedras. Y al mismo tiempo, hacen preguntas que flotan como pelotas de ping pong, boyas, plumas. Los de Jesse y Celine, parecen hacerse preguntas entre sí, antes que ellos hablen. Aunque él esconda el suyo, y ella no. Entonces, esos pocos minutos (¿segundos?) en que ellos leen, y otros pasajeros hablan, callan o discuten, la lectura teje una sábana de silencio. El libro de él se llama “Yo necesito amor”. El de ella es la Historia del ojo, las visiones sobre el Erotismo de Bataille.

Mesas y sillas

Jesse mira a Celine cuando ella se sienta en las butacas que están al lado de las suyas. Cada uno tiene dos. A cada uno le sobra una. El la mira, solo una vez, antes de decirle algo. La diferencia entre el voyeur, el curioso, tímido, y alguien. ¿Sabés por qué estaban peleando?, es su primera pregunta, la mira a los ojos, con una leve inclinación corporal. Después hablan de varios temas y pasan al salón comedor. El único mejor lugar para conocer a alguien charlando, que la mesa de un restaurant, es una mesa en el tren comedor de un tren. La velocidad funde el mundo en el movimiento, y en ese escenario extraño, precario y fugaz, ellos se quedan realmente solos.

Espejo en cuatro partes

El espejo te hace verte, y también te corta en pedazos. Pedazos que se hunden en el tiempo, como si se enterraran en tu cuerpo dormido. En la fronda del sueño, vuelven del naufragio los nombres que usaste en cada lugar. Los que diste y los que te dieron. Los que usaste y los que quisiste dejar de usar. Los que te nombran y los que no. Lo que desaparece, si no lo dejaste escrito, no va a estar más. Al despertar, sobre las sábanas flotando como pelotas de plástico de colores, incluso cosas que nunca dijiste pero recordás.

El espejo se puede usar para desviar la luz y llevarla desde el espejo en la mano, hasta una cara, encandilar o encender un brillo en la cara del deseo. Pero es cuando corta y disemina las partes que espeja. En el palier de un edificio que visite varios años, había dos espejos enfrentados. Te repetía hasta un infinito improbable. Y así, me veía, como en fotogramas de una película super 8, en el tiempo, hacia el pasado (¿o hacia el futuro?), hasta desaparecer. Después de ese túnel, el espejo del ascensor, era un descanso, y pese a subir 4 pisos, fijaba mi retrato.

En la biblioteca tengo un espejo de forma oval. De un lado tiene una foto en blanco y negro de un soldado alemán. Serio. Quizás tenso. Con un gran tapado, el pelo corto peinado hacia atrás y la cabeza inclinada sobre el pecho, casi hundida. Como si el mentón le pesara, tuviera miedo o estuviera concentrando en su memoria ese momento. Como si también sacara una foto, de sí mismo, para atesorar al ser enviado a la guerra. Alguna mujer lo ha tenido entre sus cosas, y al mirarse, escondía el rostro del amado. Y al mirarlo, dejaba desaparecer el suyo. Uno en el espejo, esconde al amado, habría que escribir.

En un espejo del botiquín de un baño, pegué palabras y fotos. Un tigre dibujado y como palabras, ‘hola amor’. En otro, años después, ‘lo que tiramos no sabemos si es lo que somos o ya no’. De las casas que uno deja, los espejos del baño se dejan. Y como en el amor, no sabemos si lo que dejamos es aquello que ya no somos.

Monday, January 28, 2008

ventanas


Uno se asoma al nombre, como a una ventana cerrada. Como a un sueño. Mi abuela cuenta que salía a la de su casa de La Pampa, a regar las flores cuando escuchaba los palpitaciones en la tierra y la luz caía oblicua sobre el piso de madera de su habitación. El caballo de mi abuelo Auzmendi, todos los días buscaba la misma hora, para ver desde el trote, a mi abuela, joven y sola, asomarse a la luz de la tarde. Hoy ella vive en una habitación con una gran puerta ventana. De un lado, su cama con almohadones con flores, del otro, sus macetas con geranios, santa ritas, margaritas y alegrías del hogar que riega todas las tardes, a no ser que llueva. Cuando ya no vivieron más en el campo, pusieron en su departamento de Belgrano, una pileta inflable en el balcón. Para llegar a la ella, había una puerta, que dejaba entrar luz, pero no el sol. Con mis hermanas nos pasábamos las tardes de verano sumergidos y mirando los autos que pasaban cuatro pisos abajo. Como íbamos los domingos, había pocos. En el cuarto que viví hasta que deje mi casa, tenía una ventana con una cortina de mimbre que nunca usaba. Siempre estaba arrollada, y jamás la cerré. Me despertaba con la luz del día, que iba llenando mi cama, mi cuerpo y la habitación entera, empezando a las 6 en verano, y las 7 en invierno. Sin embargo, en los 8 años que dormí en ese cuarto, el árbol que nacía entre las baldosas de la vereda, creció y comenzó a dar sombra sobre la mitad de la planta alta de mi casa. En ese primer piso, sobre uno de los lados, estaba mi ventana. Pasé a despertarme con un reloj. Y después con una radio. Y un día me desperté y el río estaba cubriendo toda la calle, el tronco del árbol, el canasto de la basura hasta su base, y un Peugeot 504 blanco del vecino. Después mis padres compraron ese auto, y yo volvía de noche por el acceso norte, manejando con la ventana abierta para no dormirme. La mañana en que vi el agua abajo de mi ventana, era el año 91 y fue una de las inundaciones más grandes en Tigre. El sol se reflejaba en el río marrón, como un fantasma. Cuando volví por primera vez a Buenos Aires en avión, me acuerdo que el Rio de la Plata parecía una enorme frazada vieja, turbia y brillante. Siempre viajo del lado de la ventana para ver los ríos, las nubes, la luz del sol en el fondo del cielo y como se mueven las alas de los aviones. Después de otro viaje, mi casa fue en un sexto piso. Desde la ventana se veían miles de otros edificios de la misma altura, y desparramados entre todos, la cúpula de un panteón, el techo de un mausoleo, una iglesia en lo alto de una loma y un edificio gris, oscuro y muy feo. Era Paris y ahí el cielo empieza en el sexto piso. Tal vez por eso la luz parece empezar muy cerca del suelo, y choca contra las paredes de piedra de los edificios, y queda rebotando, diluyéndose, apagándose, muriendo hasta dejar una sombre brillante, amarilla, casi ocre. Como un eco de una luz más vieja, más fuerte, y más real. Desde la ventana también se veían lo techos de zinc y las chimeneas color ladrillo. Un año después, hubo otra ventana que se ensuciaba con la mugre de los colectivos y el humo de una parrilla. La primera primavera que viví cerca de esa ventana, la estación le trajo flores y la humedad le cimentó el polvo hasta oscurecer el vidrio, la visión desde el balcón del living con azulejos blancos y los amaneceres. Buenos Aires era una máquina que apenas sabía como encender pero que, como el motor de una heladera nueva, nunca paraba. Y si el motor de la heladera le mantiene una temperatura constante, Buenos Aires estaba ordenado en un ritmo feroz, torpe y repetido, de día, y cansino, tibio y silencioso de noche. Pero estas diferencias apenas se veían desde la ventana. Las ventanas, grandes como camas king size, las abríamos, para dejar entrar el viento, y salir los restos fósiles de las sábanas y la cocina. Mandarinas podridas, albahaca fresca, humo de cigarrillos negros, aceite de maíz, lavanda, jazmines (solo en septiembre). Las dejábamos de par en par todas las noches. Salía a fumar un Gitanes sin filtro y asomado al balcón se veía una Tucumán inhóspita, salvo una semana que se llenó de unos trabajadores que picaron el asfalto incluso de noche. En el fondo, como una postal, un espectro y un refugio que no escondía a nadie, el teatro Colón con la misma luz que los edificios de Paris, brillaba cada noche como la sala vacía de un museo. Después encontré otra casa, con dos puertas ventanas, una, del doble de tamaño que la otra. A través de ellas, no se ve el horizonte, ni los techos, ni árboles o flores. Tuvo banderines, de colores, que se colgaron para una fiesta, yo no saqué, y quedaron hasta que en invierno, con los días fríos y el patio seco quedaron como una naturaleza muerta. Una noche, el agua de la lluvia inundó el patio y entró por la ventana abierta, sumergiendo el ambiente con mi cama, libros y el teléfono que dejó de sonar para siempre. Al llegar, descubrí, asomado a la ventana, con la lluvia aún cayendo en el patio, y sobre el vidrio, que las baldosas no eran más grises. Había algunas verdes. Otras celestes. Bajo el agua turbia de la lluvia, con la oscuridad de una tormenta y el cansancio de las 4 de la mañana, no llegué a ver que había dos verdes distintos. Uno era como el del laurel. El otro como el de la salvia.

Thursday, January 24, 2008

Una noche después de Manhattan


La copa helada calca y nubla

Van a dar las 3 y el viento levanta el polvo en mí. Después vendrá el recuerdo de Rita enroscada entre las sábanas, el fuego de la palma de mi mano, la luz del reloj por una llamada perdida y un (1) que anuncia un mail nocturno.

La frontera del sueño, esa costura de luz en la almohada, que a veces me duerme, espanta

En el texto, naranjas amargas, chica le dice a un chico, Manhattan y la antártida en el mismo mapa, besos

Replay

Tu isla es una copa roja cruza con violeta y madera, una noche helada hace 6 años y el pasillo largo de la casa, después de rodar por tu cama, con plantines de pimientos, romero y una enamorada del muro.

¿Cuándo nos vemos?

entre paréntesis

Ida y vuelta,

Replay

pero la noche es una enredadera que tapa la memoria de lo que escribo

y desde adentro, los bichos trepan y le comen el amor

esas cajitas musicales cubiertas con papel, seda roja, miedo.

Replay

Basta

A sent mail, delete

Sign out

Inicio / Apagar equipo / Apagar

Y un cielo azul, negro, eléctrico

Monday, January 21, 2008

Francia




ok celine, he robado tu Francia. Como se arranca una sábana a la amante dormida. Como si fuera fácil y sirviera para cambiar de dónde vengo. Para perder el tiempo… o para vengarlo. Al principio fue por mi viaje, después fue por vos, por volver al vals y los fuegos artificiales. La última vez, por dos manhattan brillantes sobre la espuma de la madrugada, tu cama. Pero después di a Vian en tres cartas sin remitente, guardé el ticket de la gare du nord en la puerta de la heladera y escribí en el vidrio del tren a Liniers, tu nombre. Volví a las cartas sin título, al freezer de las seis de la mañana, a buscar la forma de las ciudades en google earth, a Casablanca y a pegar las partes rotas y estiradas, de un vestido. Desguasé tu nombre como una máquina, un mueble, una noche. Tu Francia fue una remera y la mesa después de una comida. Un espejo que se llena de manchas negras (¿humedad?). ¿Sabes?, un amigo me trajo Gitanes, negros, sin filtro. Una escarapela para hacer eco. Patito en el charco del cielo. Y los fumo en un sillón gris, escuchando A.M. La planta de lavanda que posé como un tótem en la mesa del jardín, ahora aturde. Reina. El mercado donde hacían de los cerdos cajas musicales para la siesta, ahora vende flores, libros usados y zapatos de gente que ya no está más. ¿Te acordás cuando trajiste el ticket del tren a Berlín? Para mi era el mismo viaje que a Mar del plata, pero más frío. Tenías mis bermudas de jean, que vos cortaste, los zapatos que me gustaban, las manos con olor a detergente, mi ropa y café. Había una muñeca en vos, y adentro un perro, y una máquina de criar canciones que otros tarareaban, porque no sabían la letra. Y en la parte más chica, tierna y cálida, un bosque donde los árboles zumbaban como moscardones, un 747, mi sueño. Ok celine, he robado tu Francia. Pero cada vez que vuelvo al tren, veo el paisaje inmóvil, con mis cuerpos históricos, sin cabeza, alineados. Y me alegro. Y me río. Es el fin de todas mis palabras. Historias, anécdotas, razones, cuentos. Ok celine, he robado tu Francia. Y ya no queda nada.


Wednesday, January 16, 2008

archipiélago

Después vamos a ir a oriente. La ruta de la seda, en una noche

Entre la sábana con olor a Skip, y la boca entre clavos, olor.

Las naranjas del delta, amargas, víveres y espejo.

Creeme

Esta muy cerca la orilla del hambre que ya tenemos. Como está cerca el mapa de tu cama, aún a 1500 kilómetros. Alaska, Andalucía y la Antártida

Son el mismo lugar si se busca la distancia en la palma de mi mano

En tu boca

En el rayo de luz del tren

En el google earth

En el archipiélago de mis ganas

un rayo blanco



Un rayo blanco, de cañas, esclavos y mar.

Madera, clavos de acero, óxido sanguineo, en el hambre, en ti.


Bebo de anoche, pinga y cerveza, horas y tierra, rocío y hielo.

Cuando despierte,

Marcaré tu teléfono caminando por el patio

Nocturno, negro,

ruín

Tal vez estes, quizás no