Saturday, January 10, 2009

lindo


Lo lindo es ver la curva, compararla con las viejas pistas que se pisaban con las manos en la arena. Los ríos que atraviesan las ciudades, las ciudades que viven del río, los ríos que se comen las ciudades, las ciudades que nadan en sus ríos, los ríos que se pierden en las ciudades, las ciudades en que uno se hunde como un río. Lo lindo son los puentes, caminar de un lado al otro, que los autos no entren, que cuelguen de ellos mismos, que sean descartables, que uno pueda volver a ellos, que las costillas se les oxiden con el tiempo.


Lo lindo es que el txipirón nadaba, que la cabra que dio la leche para el queso en ese momento todavía pastaba, que el hombre pose animales en un plato blanco de porcelana El aceite de oliva, el perejil, el fuego que hace oro, el hambre que deshace, la sombra que muele.


Lo lindo es cuando llueve de repente, el brillo de la piedra, los chicos que hacen casa, juego, historia. El aburrimiento instantáneo, la mirada enarbolada hacia la distancia, el que ríe, la que nada adentro del piloto, el que dice cuando para de llover. Lo lindo es la ventana que deja entrar la luz, muestra las caras, el metal que es de otro color por la mañana, con la lluvia, con la mano que lo frota en el taller, al doblarse y cuando deja de llover.


Lo lindo es el verde que parece que se cae y no se cae, el agua contenida en la fronda, el verde salvaje, a salvo del hombre. Volver al punto de partida de otro y que ese otro también sea uno, que la piedra siga estando, que la carne se mantenga fresca toda la noche al aire libre, que en el origen haya lucha, banderas que celebran la pelea, que desde el punto de partida se esté hablando de libertad. Y de historia. Lo lindo son algunas formas que le da el hombre a lo materiales, más precisamente el arco de piedra de la puerta. La pared piedra por piedra, las zanjas en que la tierra mastica la lluvia.


Lo lindo es encontrar tu lugar en el mundo, señalarlo, que también sea nuevo para alguien. También el pan, cuando se apila en el espacio que abre el hambre, cuando se compra cada día, cuando su cuerpo de espigas parece espuma. Lo lindo es poder desplegar un mapa para recorrer las distancias, midiéndolas con la escala, volver a los lugares en que uno fue feliz. También prender la luz interna del mundo con solo colgar un cable de la pared, encandilarse, descubrir los países soñados en la infancia, besarlos con la yema de los dedos, la memoria, crearlos de nuevo y creerme.







Thursday, January 08, 2009

Lo


lo profundo es el aire
la espuma en la fronda del mar
la entrada del túnel
el frío de la arena
el año desde Enero, la memoria incendiada

lo profundo es de repente
la espuma en el aire,
el frío en la entrada del túnel
la memoria de Enero incendiada

lo profundo es el aire
el año en que nacimos
la huida nocturna en un taxi
la fronda del sueño en el mar

Tuesday, January 06, 2009

Love


"How many hotels will take to love you"

Sunday, January 04, 2009

saudade



Saudade, decía V con el viento del mar escrito en una servilleta con el nombre del bar donde tomábamos una cerveza. La calle había sido un circo hacía diez minutos, y quedaban papeles de colores, botellas de cerveza vacías, y la cara del mar dada vuelta por un grito mío, que también hizo que se levantara a bailar, corriendo una mesa con una mano, acariciando el frente de la botella como a un animal dormido y acomodando su vestido blanco. Y también que me llevara a bailar a mí, temblando y enroscado a una serpiente de seda, al lugar donde todavía seguía el desfile de polleras amarillas, infladas a fuerza de giros, morenas casi desnudas, nadadores de bañeras antiguas, bailarinas, quizás nacidas en un cabaret de Manaos, luchadores de la arena, mariposas, ángeles de celofán y brillantina, ninfas recortadas de fotos polaroid trasnochadas, hombres vestidos como mujeres hermosas y hombres vestidos como otros hombres. La sal, la arena y la humedad que venía del mar, primero se sentían en los labios, aún incluso si se le daba la espalda al Atlántico. Pero cuando corría por la boca, entre los restos de cerveza, mugre, besos y polvo era que el cuerpo caía dentro de sí, rodaba por su noche eléctrica y sanguínea y atravesaba las olas de la memoria. Felizmente, bailando la memoria crece y muere en cada paso. Adquiere formas instantáneas y fugaces, como la cintura de un cuerpo cuando se lo agarra, solo para hacerlo girar. Esa tarde, porque recién serían las 3 de la tarde cuando V dijo Saudade en el bar, la memoria era un esqueleto plástico, liviano, húmedo y serpenteante. Si el recuerdo hubiera podido florecer o engordar como un libro que se deja debajo de la ducha, V se hubiera multiplicado buscándose a sí misma en la historia, el camino de adoquines que bajaba del morro me hubiera llevado hasta otras veredas, la santa Rita a domingos floridos, soleados y abandonados, y la espalda de la cama donde dormía, al insomnio y la sed de la madrugada. Pero al bailar, todo desaparecía, tomaba una forma diferente, se disfrazaba o era tragado por las miradas esquivas que se trenzaban en la calle. La saudade era solo una palabra sobre la mesa, besada por el viento del mar y borracha. La saudade estaba en el futuro, enceguecida en un registro de memoria, en el lugar en el que no llega el baile ni las fantasías, esperando, prometida, dócil.

Saturday, January 03, 2009

ombligo




Tan chiquita la muerte, bordada
con estrellitas de hilo azul
alrededor de su ombligo

Aunque a veces se expande el color, su ruido crocante y metálico
el país que guarda en secreto en un segundo es nieve, se derrite,
me muele la boca, ilumina como una calle de algodón que cruza un desierto.

Thursday, January 01, 2009

la ruta




Pensar que el verde estaba ahí donde ahora el asfalto se hunde, quema la tierra, corta el tiempo como una pista musical negra. A 60 km el amarillo se empasta en los ojos, pero a 120 te cruza como un rayo. Si no estuviera el cartel que anuncia la curva, sería muy difícil saber lo que viene. Un auto, una bajada, animales, otro país. Los que andan mucho en la ruta, saben ver en las formas que se recortan en el horizonte, señales para adivinar su curso, la forma del camino. En la ruta todo se mueve. En la ruta uno se mueve. Es difícil saber el tamaño de cada movimiento. En la foto de la ruta solo se ve, impreso en las cosas, nuestro movimiento. Si uno fija la mirada en el horizonte, se siente la calma, el futuro inmediato incierto, la bajada. También se ve la luz, y el lugar preciso en que el cielo y la línea del horizonte se comen entre sí.


Después de la curva, el auto baja y empieza a hundirse. En el fondo, parece, ya no se verá nada. Pero a esa niebla nunca se llega. Y el temor que podría dar, contrasta con la calma de la recta. La línea cortada en pedazos le da otra forma al tiempo, sincroniza el tránsito, señala los cambios en la velocidad, evita que el amarillo se nos clave en la mirada. Entre la niebla, parece que hay una curva, a la izquierda. Esas son las que esconden a los autos que llegan de frente. Esas son las que esconden a los autos que vienen atrás.


La curva a la izquierda es corta, plana y esconde una nueva curva, pero a la derecha. Y la niebla sí aparece. Espesa, húmeda, liviana. El auto nos separa, nos blinda y nos ata. Al perder visibilidad, uno encuentra cierta inmediatez del camino. Se borra el horizonte y con él, la velocidad. Toda la masa verde, mojada, vibrante pasa de paisaje a pintura, de foto a fresco, de forma a fondo. Y del camino, de las ruinas que quedan de él cuando la niebla lo muele, aparece otra cosa, una forma acuosa e indefinida. La luz es la luz y desnuda lo artificial y tosco del guarda raid, el trazo de la pintura amarilla en el asfalto y las miles de piedras que hacen el asfalto. En ese momento, uno tendría que salir del auto y ver todo en la foto. Congelar la niebla y hundirse. Y sentir lo que no siente al auto, y ver lo que no ve la foto, y llegar a donde nunca se llega, y saber lo que no saben las señales.



Thursday, December 25, 2008

nuit et matin



S corrió todo de la mesa. En verdad fue moviendo todo, digamos de A a B, C y D. Había muchas cosas, un mazo de cartas, dados (rojos, cuatro, uno está perdido, la última vez lo tenía T, y jugaba a lanzarlo para volver a agarrarlo, al tercer intento, cerrando los ojos), unas fotocopias que hablaban de Australia, un frasco de pastillas de menta y un mapa de Berlin, plegado. En A, S puso los dados, sacándolos del cubilete, y ordenándolos, uno al lado del otro (rojo, sangre, papa Noel, fue su serie de pensamientos), sobre la cama deshecha. Aunque no había dormido, todavía quedaba una huella en uno de los lados. Como si hubiera dormido yo, pero sin la víbora enroscada ni el aleteo que me inyecta el sueño, pensó S. y mientras pensaba, sentía como si ya estuviera escribiendo esto en un mail, esos mails que enviaba a I de madrugada. I los encontraba a la tarde, cuando encendía a solas la computadora en su casa, pero nunca contestaba el mismo día que leía los mensajes de S. Se dormía enroscada en las palabras y armaba un texto, siempre mínimo, a veces cómplice, cortando y pegando palabras. La almohada, liviana, usada, parecía tener todavía un brazo que la rodeaba como a un niño. L había dormido toda la noche boca abajo, mientras S escribía mails, chequeaba el pronóstico del tiempo para Enero y buscaba escenas de películas en youtube. La miraba, volvía a escribir, tomaba agua con hielo, volvía a escribir, miraba por la ventana, buscaba la vida de los vecinos en la sombra de la pared, volvía a escribir, y en un momento decidió que había que pensar el juego sobre la mesa. Entre la cama y la mesa de paño verde, prefirió dejar dormir a L. ‘Elijo el verde’, pensó, sin poder evitar darse cuenta que era una frase berreta, ya rota y sin corazón. ‘Sin corazón’, otra frase helada. Estas disertaciones le hacían perder el tiempo, L no iba a dormir mucho más. Y quizás se fuera ni bien se despertara. A su casa, a su pueblo, a otro país. Ya estaba por salir el sol, pero no eran ni las dos de la mañana cuando S la llevó en sus brazos desde la silla del patio hasta la cama. Al verla por primera vez, él la había imaginado liviana, frágil. Al darle un beso, y hacer pasar un brazo, alrededor de su cintura, apoyando la palma de la mano donde empezaba la espalda, descubrió a su cuerpo firme, tenso y dócil. Pero al levantarla, solo al tomarla y tenerla apoyada entera en sus antebrazos, dormida después de escuchar historias de barcos y beber media botella de Kahlua, L encontró su peso. La llevó hasta la cama y al acostarla, el colchón se hundió, se estiraron los resortes y crujió la madera. Su cuerpo seguía siendo el mismo, delgado, ondulado, largo y de apariencia frágil, pero ahora también era macizo, espeso. Solo al acercarse, taparla con la sábana celeste, el aroma a azahares, lilas y limón de su cuello la volvió a hacer flotar. No tenía sueño, aunque lo intentó, sentándose a su lado a leer el diario de Morgan. Volvió a la computadora. Volvió como si huyera, pensó, como si lo estuviera escribiendo. Y escribirlo lo ayudó a pensar. No había de qué escapar. Ni qué escribir. Cerró la computadora, se acostó en la cama (arena tibia, atardecer, peixe frito, limón, caracoles en la mano, fueron sus pensamientos), dándole la espalda. Por un segundo sintió que se hundía, y el segundo se transformó en un abismo. L estiró un brazo, que tocó su espalda, y fue doblando por el cuello hasta abrazarlo, muy cerca del cuello. La mano quedó a centímetros de su pecho, flotando. S se sintió extraño. Se rió, sin hacer ruido, cerró los ojos y en pocos minutos se quedó dormido.

Sunday, December 14, 2008

la nuit



No fue el Old fashioned ni la pintura rubia. Ni el armazón de palabras. Las mías, las que repetías, las que yo no sabía que te había prestado, las que hicieron de la mesa un paño verde, un paisaje, una burbuja. Tu boca, que supo ser roja, masticaba el aire. Lo paladeaba como si estuviera confitado. Como si fueras vos que lo hacía dulce, gomoso, frutal. Como si te apropiarás de las cosas a tu antojo, como si les pudieras dar forma. Vos que tenés dios, y aún más importante, una hermosa manera de sacarte la remera con una sola mano, estas muy cerca, y muy sola, cuando cerrás los ojos. Por eso fui yo que los cerré, por eso fui yo que creí. Nadie aprende nada, pensé. Nadie aprende, nada, escribí. Nadie, nada.

Sunday, November 30, 2008

detenido


“Kitu” / “intentaba sustraer un automóvil / detenido / identificado / testigos acusaron de haber forcejeado con el ingeniero / otro / cómplice / le disparaba a quemarropa.

detenido / esta tarde intentaba robar / un automóvil / en un local de Mc Donalds / las autoridades / un nombre falso

Si / bien / la detención / las autoridades señalaron / El joven / "tuvo un seguimiento de dos meses / se alcanzó un conocimiento cabal / del modus vivendum / de la operatoria / tanto de él como de la familia que lo rodea /

“Kitu" era el líder / la banda que asaltó / mató / San Isidro.

"Creo / que era el jefe de la banda / Tenía ascendencia sobre los demás / era extremadamente osado y peligroso"

la banda cometió otros asaltos / al parecer / "había trabajado en alguna casa".

"Los peritos forenses / deberán dictaminar / porqué se manejaba con tanta impunidad", sospechoso / tiene "rasgos psicopáticos" / actuaba influenciado "por las drogas"

(extracto de una nota recien leida en la www)

escenario

La cara de la niña, mi memoria, en el último estante, a la espalda de mi boca cuando besa. A veces a quien besa es a mí. En los tobillos. A veces me asusta si me despierto, solo de noche. Si me despierto solo, de noche.

El ritual de las tardes, consiste en sentarme en el sillón, y sacar la basura. La palpo entre los dedos. Grasosa, transparente con el sol de la mañana, temblorosa, tibia. La basura es la que hace crecer el árbol.

Una vez le disparé a un ave. A un ñandú. El tiro le dio en la cabeza, y el cuello se le sacudió, contorsionándose en el aire, eléctrico y pesado. Leve y macizo. El animal cayó de costado y se quedó temblando en el pasto. Cuando llegué hasta él me quedé mirándolo hasta que murió. Cuando veo esos pájaros embalsamados, recuerdo ese disparo. Los pájaros que uno mata quedan embalsamados a nuestras espaldas.

Creo que era un globo terráqueo que alguien dejó posado sobre los libros más grandes de la biblioteca. Un globo desdibujado. Cuando marco un recorrido en ese mapa, siempre siento que caigo, cuando marco un recorrido en ese mapa, no es claro de donde vengo ni a dónde voy. Así son los viajes cuando uno realmente parte, un descenso, algo incierto.

Tuesday, November 11, 2008

Monday, September 08, 2008

el Clarito y Marlon Brando

El creyó que Marlon Brando debería sostener la copa con dos dedos, solo algunas veces con tres. Que quizás en Tahití un Clarito fuera mejor que un Dry Martini. Y que los limones traídos desde el oeste, cruzando océanos y mares en un barco oxidado, aún tendrían en su piel, los aceites cosechados de las noches frías en algún campo de la pampa húmeda. O mejor, del patio de la abuela. Del árbol que se subía las tardes de domingo. Sería la mejor forma de estar cerca, no la única. El camino perfecto, lo que hoy sería poesía: un árbol encerrado en un patio de 5 x 5, el barco navegando día y noche, las palmeras salvajes y Marlon bebiendo a las seis de la tarde, última escala, destino. Pero para escribir ese texto, habría que desarmar las ideas en cortarlas en pedazos. Decirlas de otra manera. Versos, líneas, extractos. Así creía él cuando creaba. Así creaba cuando creía. Tomó la copa celeste que tenía en la biblioteca, la llenó de hielos de una cubetera sucia, vieja, con ya tres mudanzas encima, aunque siempre en el mismo freezer. El tamaño de los hielos mostraba que había estado inclinada, dejando caer parte del agua antes que se congelara. Tomó los más chicos y con cuatro llenó la copa. El cristal comenzó a empañarse en el tiempo que el tomaba el vaso de composición. Comprado en un anticuario como un florero, todavía nunca lo había usado. Lo llenó con los hielos restantes y fue hasta el escritorio, abrió firefox, youtube y buscó su escena favorita de Brando: “on the waterfront most famous scene”. Ahí estaba él, su hermano, el fondo de un auto, la ruta de la muerte y la muerte que mueve la cola envenenada entre uno y el otro. El niño y el hombre. I could have been somebody. Some, Body. Y el cuerpo perdido entre algunos, los dos y el resto que mira desde cada uno. Esta también el revolver donde estaba el dolor, la mano que duerme el gesto como si apagara un incendio, el silencio que abre la puerta. Chau, ahí se termina todo. Aunque el auto siguiera hasta hoy, cuarenta años después, ya nada más podría pasar ahí adentro. Las cartas no solo estaban jugadas, aunque el fondo del auto fuera una sala clandestina, fuera de cualquier regla de juego. Tomó el Gin Burnett’s, y recordó la superstición creada para esa botella. El ansia que la había transformado, una noche a sus diecisiete años, en una lámpara a la que pedirle deseos. A la que incrustarle deseos en su contenido, como luego lo haría en cartas, poemas, mails transoceánicos y terminaría en mensajes de texto de esos que nadie quiere leer. Let’s face it dijo Marlon, ya de fondo, a sus espaldas. Con la otra mano libe tomó y llevó hasta la cocina el Noilly Prat, casi acabado. Pensó en poner unas gotas del vermouth, pero vió lo poco que quedaba y tiro todo, revolvió y dejó caer el líquido, agua perfumada en francés, en la bacha de acero inoxidable. Agregó el gin y empezó a mirarlo, agachándose, buscando entender como cambiaba su forma, como mudaba su cuerpo al frío, como el de alguien que se encuentra desnudo de repente, como cuando un movimiento ajeno te saca las sábanas una noche de Julio. Debe haber pasado un minuto, o menos, quizás mucho meno. Revolvió y sirvió en la copa helada. Cortó la cáscara de un limón con un tramontina y la exprimió varias veces sobre la mezcla perfumada de Gin. El celeste ya era azul. El aceite cítrico formaba nubes del tamaño de cabezas de alfiler. Como lunares fantasma en un vestido blanco de verano. Llevó la copa hasta el escritorio, la posó al lado de la computadora. “A veces se te infecta la boca de insectos / O enredaderas que crecen y se secan con una palabra” estaba escrito en un documento de Word que había empezado antes de pensar en Marlon Brando. Su Clarito le abrió la boca, le recordó que cuando descubrió Burnett’s, Tahití era el lugar al que quería viajar. Y que no sabía quien era Marlon Brando. Y que no sabía lo que era un Clarito. I could have been somebody, pero a veces se te infecta la boca de insectos. No. I could have been somebody / pero después dejaste que tu boca haga crecer enredaderas. No. I could have been somebody, pero después la enredadera se llenó de insectos. No. Bebió el Clarito, abrió el google earth y buscó Tahití en el mapa. Aunque Marlon estuviera muerto, algo debería quedar ahí, como quedan los gestos en el aire, cuando una película termina. I could have been somebody / creyó / y el pasado creció como una enredadera / I could have been / dijo / y la boca se le llenó de insectos / y have been / y el pasado murió como el pasado, entre sus manos / I could / y la boca brilló como el aceite de un limón en la superficie de un Clarito / I / escribió / y la copa vacía le mostró su cara, la risa, y el futuro donde comprar su nuevo traje.

Wednesday, August 13, 2008

punk rock

bajo el pure cotton de la camisa blanca
Paul Simonon rompía su bajo eléctrico.

ya nunca más habría música

ni en London
ni bajo las sábanas de su cama
ni en la espalda de su chica dibujada

en la huella del colchón.

‘punk rock’, se dijo frente al espejo

mientras palpaba el último botón de carey

entre el índice y el pulgar

como a un pezón que se toca por primera vez

Friday, August 08, 2008

la memoria

Una pizarra con piezas para nombrar las cosas. Con las mismas partes, siempre se puede armar otra palabra, cambiarle el valor, borrar, rellenar una bola de nieve. Así quizás es la memoria. Siempre las mismas palabras con otra forma.

Blanco sobre negro, móvil y plástico, clavado contra una medianera cubierta de azulejos. Así quizás se arma la memoria. Tiene números, valores, bolas de nieve, roscas, repeticiones.

Sin acentos, con pocas palabras, una ñ para enterrar otras lenguas, marcas que evitan escribir las repeticiones, enmarcado en aluminio inoxidable, así quizás es la memoria.

Tuesday, July 15, 2008

31

Al final de treinta y un cócteles está el pasado

La esquina plateada que guarda el radar una vez por semana,

a veces, las esquirlas del humo en la cara

otras el deseo. La memoria del deseo, o nada.

Al final de treinta y un cócteles está el pasado

Los banquetes del amor y la muerte

la coincidencia de marcas, con las que ni vos ni yo somos felices.

Al final de treinta y un cócteles está el pasado

La razón regalada que espía una mujer de ojos celestes

Y se lleva mi diario en las manos.

Al final de treinta y un cócteles está el pasado

Una mujer, el deseo

nada

Tuesday, June 24, 2008

diez visiones sobre el futuro, una madrugada



El futuro guarda una especie de placer. Es un papel, se pierde en la sombra de una taza de café. Se recorta por hermoso, se lee, dice ‘siempre’. Es erótico tal vez, se encuentra, está a veces en el diario.




El futuro esta casi debajo de la almohada. Escrito, en un libro que ya sé que no voy a terminar de leer. En la cama que no se hace, en las sábanas blancas, solo una noche usadas. Usa traje italiano, sombrero, y esta fotografiado.




El futuro tiene alas. Anda en tren, cruza puentes, sube y baja una montaña. Viste de blanco en verano, y se palpa con la punta de los dedos de una mano. Se le ve la nuca y un collar. Se lo ve desde atrás, y se lo desea aún sin saber su cara.




El futuro está desnudo, en el fondo de una taza. Tiene restos del calor, de papel, de una planta cosechada. El futuro está encerrado en porcelana. Se desviste con la boca. Se bebió. Tiene pasado.




El futuro es una sombra. Y otra sombra que lo acecha. Es un entramado de piedras puesto a mano. Es el frío de perfil, un mediodía. El futuro es la ausencia de una cama cuando la sombra se acuesta. El futuro se saca fotos a sí mismo y no las guarda.




El futuro está en los ojos de los gatos, en la matriz que forja clavos, en las paredes que aún viejas no se caen, en la mano en la maza. El futuro está en el sol, que cubre el sueño como una sábana. El futuro está en el sueño. El futuro entra por la ventana, está en silencio, a veces tiene los ojos cerrados.




El futuro es una ventana, unas flores que nunca mueren, una mesa iluminada. Está en el cielo, en las nubes que se expanden y cruzan de un país a otro. Es la risa que no se ve, un vaso vacío, está en las marcas en la remera de la cama. El futuro es una casa de verano a la que se vuelve a vivir, una jaula que no sirve para nada. Es una casa en la que se vuelve a vivir.



El futuro es un globo con fuego adentro, un pulmón, una ronda. Se suelta en el techo de la casa, vuela, y si cae, lo hace en llamas. El futuro tiene mujeres, amigos, ciudades, noches de fiesta. Al futuro hay que sostenerlo hasta que se infle, y recupere su forma dormida. El futuro ilumina de cerca, y señala de lejos.


El futuro se arma con las manos, con la mirada, haciendo equilibrio. El futuro se arma en un ambiente con la puerta abierta a cualquiera. Un lugar donde se come, se bebe y hay historia. El futuro es un móvil, un papel, un juego. En el futuro se navega.


El futuro esta en la calle. Quizás solo en las luces de la calle. O en su noche. El futuro es gigante, con luces amarillas, multinacional y está cerca de una estación de tren. Tiene un río rojo y perlas blancas. Se ve cuando uno se mueve. Es uno.

Brasil









Hay un tren que se tuerce como las palabras cuando rien, un champán tan frio como la cerveza más helada. Los caracoles que se meten en la almohada, su rio, su voz, la pinga que te saca de la cama. Una taza de café con la verdad que fue enterrada, ya desnuda y deletreada. Los restos de la lasagna italiana, el mato que te hiere, la sirena que te llama. Los santos que protegen de morir en el bar de madrugada. La ventana que se abre al jardín y las alas verdes, que un amor dejó sobre la cama.

Monday, June 23, 2008

la historia

Hasta estas costas llegaban las vacas que arreaban los jesuitas, con el trabajo de los indios misioneros, a principios del siglo XVIII. Carne para las misiones. Carne para las colonias.

Etienne Moreau, corsario francés, desafió a portugueses y españoles, y llegó hasta la costa de Valizas en 1717 y logró un acuerdo comercial con la comunidad indígena de la región para proveerse de cueros. Exitoso en su empresa comercial, volvió con refuerzos en cuatro barcos y mantuvo una factoría para trabajar los cueros. Dicen que los portugueses y contrabandistas de tierra adentro, cooperaron con el negocio francés instalado en esas costas. ¿Con qué habrán recompensado a los habitantes indígenas?

Los españoles decidieron acabar con el negocio francés y desembarcaron en 1720 en inmediaciones del arroyo de Valizas. “Conducidos los españoles por el nuevo baquiano y transitando con acentuado riesgo por ríos y bañados, continuaron la marcha con gran dificultad, llegando el 24 de mayo de 1720 a ocho leguas de Castillos... Con la tropa alivianada emprendió el camino definitivo hacia el establecimiento de Moreau a las siete de la tarde, avanzando toda la noche hacia los Castillos Grandes o Balizas... El guía... les llevó a un pantano muy peligroso que terminaba a una distancia de tiro de fusil de las barracas francesas. No obstante las tropas hispánicas lograron vadear el bañado ordenadamente y ocultos por la espesa niebla. Los galos, que eran buenos soldados, advertidos de lo que pasaba, pasaron a contestar el ataque con intensas descargas durante media hora, mientras los indios guenoas se aprestaron al combate”. “La batalla se dispersó en diversos agrupamientos, destacándose por su serenidad y firmeza el capitán Etienne Moreau que se situó en primera fila para arengar a sus soldados. Esta posición facilitó que chocara con el ayudante Don Pedro José Garaycoechea quien le descerrajó un balazo en plena boca, destrozándole el rostro y dejándolo muerto en el acto... De ahí que nuestro arroyo Balizas, en ese 25 de mayo de 1720 sirvió de tumba para estos bravos guenoas.”.

En los médanos que se ven en el fondo, se demarcó el límite entre los reinos lusitanos y españoles en el tratado de Madrid o Permuta, en 1752. Había una placa que marcaba este hito, aunque esta ha desaparecido. La tierra parece entrar en el Mar, y forma un contorno con varias puntas. Estas forman un tridente. La llaman Punta del diablo. Detrás de las dunas, y caminando por la playa, se llega a Cabo polonio.

En esas dunas, se pueden encontrar restos de fósiles de animales prehistóricos y de los campamentos indígenas. Varios pobladores atesoran morteros, puntas de flechas y hasta boleadoras.

A la izquierda de las dunas, se ve una línea oscura, delgada, apenas sobresaliendo de la línea del horizonte. Ahí hay una colonia de lobos marinos. En 1833, se fundó la Fábrica de pescado La Oriental. Diez pescadores demostraron que solos podían pescar una tonelada por día. La compañía de lobos logró bloquear esta iniciativa. Los lobos están ahí. Dicen que cada uno atrapa unos trescientos kilos de pescado por día, aunque come solo cien.

Dejamos una red en el mar, todo un día y la noche. A la mañana encontramos unos siete pescados. No eran grandes, pero comimos cuatro personas. Estaban muy ricos.

Al final de la playa, sobre la derecha, fuera del cuadro, está el arroyo que en primavera logra descargar su agua dulce en el mar. Nunca se sabe como armará su curso cuando las aguas crecen. Algunos años arrasó con las casas que estaban cerca de la costa. Desde la laguna hasta la desembocadura del arroyo, se tienden trampas para cazar pescados y camarones. Así, en la parte de agua dulce que está más cerca del mar, solo se encuentran camarones pequeños o lisas. Dicen que también algún lenguado.

La zona en que está Valizas está dentro de lo que se da en llamar “El infierno de los navegantes”. Muchos barcos han naufragado en esas aguas. En 1842 se hundió la Leopoldina. De trescientos tripulantes solo sobrevivieron 56 hombres, 5 mujeres y 18 tripulantes. Algunos se radicaron en el departamento de Rocha y Castillos, el pueblo más cercano a Valizas.

En 1869 naufragó el bergantín “Bessie Stanton” de bandera inglesa. Llevaba rieles para el primer tren que se estaba montando en Uruguay. Hoy ya no hay trenes funcionando en Uruguay.

Dicen que hay un barco hundido que traía yerba. Y que algunos se sumergen en el agua a buscar los paquetes, los secan al sol y así se proveen para los mates.

En el bar del pueblo, se come, milanesa, papas fritas y, a veces, algún guiso.

Una cámara encuadra una parte, pero la historia hay que atraparla. A veces con un arpón, a veces con una red, a veces mirando el cielo.

Friday, June 20, 2008

tampoco haría cocina

“El goloso no es solo aquel que come con pasión, aquel que no deja nada en el plato ni en el vaso, aquel que no inquieta jamás al anfitrión con una negativa, ni a su vecino con arrebatos de sobriedad. También debe aunar el más estridente apetito con cierto humor jovial sin el cual un festín no es mas que una triste hecatombe. Con facilidad de expresión debe afinar el al limite su capacidad sensorial y adornar su memoria con multitud de anécdotas, historias y relatos divertidos con los que llenar el vacío entre los servicios, a fin de que las personas sobrias perdonen su apetito”


La sardina, por ejemplo, “tiene que ser cogida en su flor”, dice, “ya que, semejante a una virgen bella y tímida, todo lo que la oculta la afea. Ya se sabe que Venus nunca fue tan hermosa como cuando, desnuda, salio de las olas”. A condición de coger los comestibles “en flor”, todos podrán dárselas de grandes golosos, de expertos gastrónomos. Añade: “Esta probado que cada cosa de este bajo mundo quiere ser servida, cogida y comida en su punto. Desde la jovencita, que sólo cuenta con un instante de su vida para mostraros toda la frescura de su belleza y todo el esplendor de su virginidad, hasta la tortilla, que pide ser devorada recién salida de la sartén”


En el goloso, todos los sentidos deben acoplarse al del gusto, pues tiene que saborear os bocados antes incluso de llevárselos a la boca. Es decir que su mirada debe ser penetrante, su oído alerta, su tacto fino y su lengua hábil.


El dinero sólo no basta para conseguir una buena mesa. Hay quien, gastando mucho, ofrece mala comida. Mientras que otro de regular fortuna invita a excelentes comidas. Todo depende de los cuidados, conocimientos y estudios que se han hecho de todo lo que se refiere al arte alimentario. Para llegar a ser anfitrión, se necesita, como para todo lo demás, un aprendizaje. Aún más, es más fácil amasar rápidamente una inmensa fortuna que saber disfrutarla.


La noche, el fin de todo tipo de deberes y asuntos, la dulce luminosidad de las velas, todo lo hace favorable a los amantes. A las mujeres es la comida del día que más les gusta: es el momento en que ejercen mejor su dulce imperio y en el que son más tiernas y seductoras. La noche es su tiempo de dominio irresistible, y tan conscientes son de ello que algunas han firmado divorcio total con el sol. La cena no es solo el ágape del amor, es también el de Apolo. Es cuando mejor se conversa, abundan las ocurrencias, las réplicas amables se suceden, y cada cual se esfuerza por mostrar su talento, comentando lo que ha oído por la mañana. La gente culta es aún más ingeniosa, el deseo de agradar anima a cada invitado, y los mil rostros vivaces que surgen en todos los rincones de la mesa, convierten esta comida en espléndidos fuegos artificiales. Así eran, al menos hace tiempo, las cenas de buen tono en Paris. Hoy solo existen en la memoria de aquellos que tuvieron la suerte de frecuentarlos.


En la cocina al igual que en casi todas las demás artes, no vale la teoría sin práctica, y hasta el que conozca todos los resortes culinarios de memoria será incapaz de preparar un buen guiso si jamás se ha puesto el delantal. Y tampoco a base de ciega rutina, desprovista de conocimientos y de estudios, se logrará ser un artista. Pero teoría sin práctica tampoco haría cocina. El peor pinche le dará mil vueltas en este terreno al alumno del instituto. La cocina comporta tantos disgustos, inquietudes e incluso peligros que hay que honrar a quienes la practican y retribuirles con fama y prestigio, ya que sólo con dinero no se paga a un cocinero.


Manual de anfitriones y guía de golosos

B. A. Grimod de La Reynière ( 1758 – 1837)






Thursday, June 19, 2008

La cuestión humana

En el cine Arteplex que está al lado del obelisco, cuando estas viendo una película, el subte te pasa por arriba. O por abajo. O por el costado. Pasa cerca.

El otro día fui a ver “La cuestión humana”. Cuando salí, después de más de dos horas intensas, sentado en la cuarta fila y en encostado derecho de la sala, las cacerolas sonaban alrededor del obelisco.

Caminando para ir a comer una pizza en Banchero, vi a un chico, de unos quince años, cruzando la Nueve de Julio con un cencerro. Iba acompañado de su madre.

Voy al campo desde chico, aunque no conocí ahí los cencerros. Casi ni se usan. Al menos no se usan en los campos de la Pampa húmeda. Me han dicho que en el sur, para las ovejas suelen usarlos. Yo los conocí en mi casa.

Quien tiene un cencerro es porque no tiene animales. Es un símbolo. Una ilusión. Su sonido no llama a nadie, porque no hay nadie que lo escuche. El que no tiene animales es porque no tiene tierra. Cualquiera que tiene tierra, ahí están los animales.

En la cuestión humana, comparaban la fragmentación de las tareas en la exterminación de personas por los nazis, con las tareas en las empresas contemporáneas. El centro de este orden eran los recursos humanos.

En Banchero hay una foto enorme, que debe ser de los años 30, 40, en que se ve a decenas de hombres de traje, aunque algunos con ellos roídos, y llevan también sombreros, boinas; y, entre exhaustos y felices, miran el foco de la cámara, frente a unos moldes negros, grandes, con unas pizzas de molde recién salidas del horno.

Había una empleada de recursos humanos, muy rubia, que estaba muy caliente con el protagonista, compañero de tareas. Y como mucha atención no le prestaba va a buscarlo a una fiesta con una peluca morocha. Un morocho azabache. Y él no la reconoce. Y hasta parece que la desea.

En una parte de la cuestión humana leen una carta donde se explica exactamente como construían los camiones y los depósitos a los que transportaban a los prisioneros que llevaban a los campos. Era muy importante no apagar la luz hasta matarlos, porque cuando todo se ponía oscuro algunos gritaban. Era muy importante la reja que protegía la luz.

A Banchero entró alguna gente con cacerolas. Se los veía muy contentos. Pero no era la misma alegría de los de la foto vieja. Ahí había trabajo. Había como un lustre en las caras, en los cuerpos. En la ropa. Parecían moldeados por su tiempo. ¿Viste esa gente que se ve que no puede ser de otra época? También Clark Gable era así. Y John Wayne.

Con un cencerro alcanza para ordenar a toda una manada. Con una TV alcanza para que en un recinto como el de un restaurant a nadie le sea indiferente lo que se transmite. Con un ticket que te dan cuando pagas tus facturas, podes sacar dos entradas para ir al cine. Al menos al Arteplex.

En mi casa había una colección de cencerros, todos alineados sobre el durmiente que formaba el borde superior del hogar. Así quedaban, los cencerros, el durmiente de alguna vía del tren y abajo se hacía el fuego con quebracho colorado. A mi me encantaba hacer el fuego. Después pensé que ahí faltaban los animales, la tierra, los trenes y algún bosque. Y también faltaba yo.

De todos los protagonistas de la película hay solo uno que parece encontrar una salida. Está alienado, roto. Escribe cartas para denunciar el pasado, y en el presente habla con la música. Y en el presente come solo en un bar.

La última vez que fui al campo, estuve en una gran estancia en San Luis. Los peones, vivían durante la semana en unas habitaciones, una al lado de la otra, con un baño común. El baño estaba muy limpio. A la mañana, uno se levantaba y preparaba carne a la parrilla, su desayuno. Se los veía muy felices. Tenían un lugar, donde estaba la parrilla y preparaban los mates mañaneros, con una televisión con Direct TV. Entre todos los canales, elegían el 7. Miraban el Festival de Jesús María. Al lado de sus cuartos, había otros, donde dormía yo, ya bien pintados de blanco y con un baño cada dos camas. Y un comedor propio. Luego había otra casa, con galería, cochera y varias habitaciones. Era la del mayordomo. También tenía Direct TV. Había una última casa, del dueño, que iba dos o tres veces al año, y tenía ropa preparada siempre para esos días. Y también tenía Direct TV. La carne que se comía en cada una de las cosas era la misma, se faenaba en una carnicería propia que tenía la estancia.

El campo quedaba al lado de una localidad que se llamaba Nueva Galia. En realidad la estancia. El campo no tiene lugar. Todo es el campo. Cuando yo era chico decía “me voy al campo”. En el colegio algunos me preguntaban dónde tenía el campo. Una estancia no es el campo.

Simon, el protagonista de la película, es ordenado por un jefe que investigué al gerente de la empresa. Este jefe, descubre después, no tiene ni padre, ni madre, ni hermanos. Fue parte de un programa nazi de reubicación de niños. El es el que dice que el gerente parece estar loco.

Un amigo italiano, de familia napolitana pero que vivió mucho tiempo en Roma, me explicaba que la pizza de molde es la que se come en el sur. La fina es la de Roma. En Buenos Aires, la tradicional es la de molde, ancha, contundente. Me acuerdo en los ’90 que aparecieron unas pizzerías más elegantes (en realidad más decoradas), en las que se hacía la pizza fina. Y crocante. La de Banchero no es como la romana.

El hombre que tocaba en la orquesta y comía solo en el bar, dice que ya hoy se habla de problemas. Se dice que hay un problema y luego se detallan las fórmulas técnicas para solucionarlo. Para ‘la cuestión humana’ no hay técnicas. No es un problema. El hombre toca el violín.

Simon es psicólogo. Para conocer al gerente de la empresa, utiliza como excusa una investigación sobre la banda que él formó para tocar en la empresa. Se juntan varias veces en la casa de Mathias, el investigado. El anfitrión bebe whisky, el invitado champagne. Las veces siguientes, ambos toman whisky.

A Mathias se le murió un hijo. ¿Por qué un hijo siempre ‘se le muere’ a alguien?

Simón en un momento va a los archivos a obtener información sobre Mathias. La rubia lo lleva, guiándolo. En la entrada hay dos mujeres jóvenes trabajando en sendas computadoras. La rubia cuenta que están informatizando todo el archivo, desde algo así como 1929. Al llevarlo hasta el fondo del archivo, lo besa. Lo besa con cierta violencia. Así a veces es la memoria, un lugar en el que si llegás hasta el fondo, parece una rubia que te tira contra sus paredes y te besa con violencia.

Friday, June 13, 2008

caracoles

Caracoles de espuma, de arena, rotos

caracoles, en el hambre,

en el cuello de tu cama

en el ruedo de la funda de mi almohada

en el tiempo en que se funde

el amor en la mirada, en un segundo,

en el fuego de un avión cuando se cae.

Caracoles en los mensajes de texto de madrugada

en la heladera que aun llena se ve hambreada,

en la sed de mi ventana, en el día de volver.

Caracoles en la panza de los gatos,

en el rio que me moja entre las sábanas

en las redes, en las palmas

en el niño que tienta con volver.

Mar



Quizá porque mi niñez
sigue jugando en tu playa,
y escondido tras las cañas

duerme mi primer amor,
llevo tu luz y tu olor
por donde quiera que vaya,

y amontonado en tu arena
guardo amor, juegos y penas.

Yo,

que en la piel tengo el sabor
amargo del llanto eterno,
que han vertido en ti cien pueblos

de Algeciras a Estambul,
para que pintes de azul
sus largas noches de invierno.

A fuerza de desventuras,
tu alma es profunda y oscura.

A tus atardeceres rojos
se acostumbraron mis ojos
como el recodo al camino...

Soy cantor, soy embustero,
me gusta el juego y el vino,
Tengo alma de marinero...

¿Qué le voy a hacer, si yo
nací en el Mediterráneo?

Y te acercas, y te vas
después de besar mi aldea.
Jugando con la marea

te vas, pensando en volver.
Eres como una mujer
perfumadita de brea

que se añora y que se quiere
que se conoce y se teme.

Ay...

si un día para mi mal
viene a buscarme la parca.
Empujad al mar mi barca

con un levante otoñal
y dejad que el temporal
desguace sus alas blancas.

Y a mí enterradme sin duelo
entre la playa y el cielo...

En la ladera de un monte,
más alto que el horizonte.
Quiero tener buena vista.

Mi cuerpo será camino,
le daré verde a los pinos
y amarillo a la genista...

Cerca del mar. Porque yo
nací en el Mediterráneo...

Tuesday, June 10, 2008


no fueron los ojos, el oro ni el tedio

la sed en la cara

tampoco mi mal

no fue por la pesca del día

la piedra en el cielo

ni el whisky sin hielo

tampoco mi mal

no fueron los pájaros negros

el miedo en el suelo

mi frío, mi creo

tampoco mi mal

no fue por el viento en la cara

el espejo en la palma

tampoco mi mal

no fueron los que nunca vinieron

la nube en el hambre

el río, deseo

tampoco mi mal

Thursday, June 05, 2008

felicidad

es un supermercado un rato un avión

es un guiso con panceta un primer beso un error

es un chango lleno de quesos una samba un adiós

es un reloj a cuerda una almohada nueva un roedor

es un traje azul eléctrico un escondite un avión

es “un dia de domingo” un carnaval un amor

es una estrella un faro un cross

es un supermercado un rato un avión

Tuesday, June 03, 2008

oro

La hierba roja frotándole los pies al desertor. Espuma, espuma, espuma… todos los días en otoño y en Pekín. Y en el Marais. Miasma y pantano. La antigua tierra, hoy entre puentes de piedra y acero. Embarrado de plumas con un falafel y el amor entre las manos, cruzo de un lado al otro. Voy y vuelvo. Los ojos de oro y mi cuerpo doblado como una servilleta de papel. Mis ojos de oro y mi cuerpo flameando como una vela de papel. Yo arrancacorazones. Yo caballero. Yo desertor. Yo rojo. Yo hormiga. Yo lobo – hombre. Yo feo. Yo canto,

…Je bois systématiquement

pour oublier…