Tuesday, May 20, 2008

lo que tengo enfrente

Una foto con un pedazo de sandia. Caracoles en un frasco de vidrio con agua de mar. Un robot de plástico a cuerda. Paraguas chinos de papel. Una copa. Una bola negra. Barco de madera con las velas hinchadas. Dos fichas comodín. Cuatro Madroshkas. Un sobre negro de terciopelo con unos poemas viejos. Una taza de café con sal. Un reloj de un barco de Alemania Democrática. Un encendedor que no anda. Uno que sí. Una linterna amarilla. Un carro con diapositivas en las que estoy yo. Guantes de conducir, negros. Pastiglie aromatiche digestive Leone. Un amuleto turco con un amuleto griego enredado. Un boleto del Metro de Río de Janeiro. Un trompo de Estambul. Un espejo de dama, con un hombre alemán en el reverso. Una piedra del suelo de la vereda de Copacabana. De las piedras blancas. Lápices negros. El manual de anfitriones y guía de golosos. El talonario de facturas. Hilo verde. Una vela. Un vaso con monedas de países que no son el mío. El salero y el pimentero, fantasmas, abrazados. Una varita mágica. Una foto pintada de Rita. Una mía, montado en un animal extraño con ruedas. Marilyn pintada en un espejo. El whiskey que quizás le gustaba.

la coma

Te escribió soledad, no?

Te escribió, soledad, no?

Thursday, April 17, 2008

Johann Christian Friedrich Hölderlin


EL JOVEN A SUS JUICIOSOS CONSEJEROS

¿Pretendéis que me apacigüe? ¿Que domine
este amor ardiente y gozoso, este impulso
hacia la verdad suprema? ¿Que cante
mi canto del cisne al borde del sepulcro
donde os complacéis en encerrarnos vivos?
¡Perdonadme!, mas no obstante el poderoso impulso que lo arrastra
el oleaje surgente de la vida
hierve impaciente en su angosto lecho
hasta el día en que descansa en su mar natal.
La viña desdeña los frescos valles,
los afortunados jardines de la Hesperia
sólo dan frutos de oro bajo el ardor del relámpago
que penetra como flecha el corazón de la tierra.
¿Por qué moderar el fuego de mi alma
que se abrasa bajo el yugo de esta edad de bronce?
¿Por qué, débiles corazones, querer sacarme
mi elemento de fuego, a mí que sólo puedo vivir en el combate?
La vida no está dedicada a la muerte,
ni al letargo el dios que nos inflama.
El sublime genio que nos llega del Éter
no nació para el yugo.
Baja hacia nosotros, se sumerge, se baña
en el torrente del siglo; y dichosa, la náyade
arrastra por un momento al nadador,
que muy pronto se sumerge, su cabeza ceñida de luces.
¡Renunciad al placer de rebajar lo grande!
¡No habléis de vuestra felicidad!
¡No plantéis el cedro en vuestros potes de arcilla!
!No toméis al Espíritu por vuestro siervo!
¡No intentéis detener los corceles del sol
y dejad que las estrellas prosigan su trayecto!
¡Y a mí, no me aconsejéis que me someta,
no pretendáis que sirva a los esclavos!
Y si no podéis soportar la hermosura,
hacedle una guerra abierta, eficaz.
Antaño se clavaba en la cruz al inspirado,
hoy lo asesinan con juiciosos e insinuantes consejos.
¡Cuántos habéis logrado someter
al imperio de la necesidad! ¡Cuántas veces
retuvisteis al arriesgado juerguista en la playa
cuando iba a embarcarse lleno de esperanza
para las iluminadas orillas del Oriente!
Es inútil: esta época estéril no me retendrá.
Mi siglo es para mí un azote.
Yo aspiro a los campos verdes de la vida
y al cielo del entusiasmo.
Enterrad, oh muertos, a vuestros muertos,
celebrad la labor del hombre, e insultadme.
Pero en mí madura, tal como mi corazón lo quiere,

la bella, la vida Naturaleza.

Tuesday, April 15, 2008

sea





Somewhere beyond the sea
Somewhere waiting for me
My lover stands on golden sands
And watches the ships that go sailin

Somewhere beyond the sea
She's there watching for me
If I could fly like birds on high
Then straight to her arms
I'd go sailin'

It's far beyond the stars
It's near beyond the moon
I know beyond a doubt
My heart will lead me there soon

We'll meet beyond the shore
We'll kiss just as before
Happy we'll be beyond the sea
And never again I'll go sailin'

I know beyond a doubt
My heart will lead me there soon
We'll meet (I know we'll meet) beyond the shore
We'll kiss just as before
Happy we'll be beyond the sea
And never again I'll go sailin'

No more sailin'
So long sailin'
Bye bye sailin'

Thursday, March 27, 2008

canción casi cursi para un ex libro




Comodín de la a A la zeta

Comodín si se fue, si regresa

Si se tira en el cama

y no se quiere ir más.


Comodín en la espalda de la noche

con la sábana sucia y enroscada

el olor oxidado en la almohada

con lo que queda, lo que falta

Cuando ya no hay más.


Comodín si la cáscara no alcanza,

La máscara espanta o dejas de reir.

Comodín en el pozo del odio

En los besos de otro, en tu mal

en mi mal.


Comodín de la eme a la zeta

si se fue, si regresa

si se cae en la cama

y no se duerme más


Comodín si la boca se te seca

si muele el ardor la madrugada

crece el amor debajo de la cama

y las flores huelen tan mal.


Comodín entre vos y la madrugada

en la frazada que son

algunas últimas palabras

en lo que queda

en lo que nunca va a estar


Comodín de la W a la Zeta

en tan poco pasado

en perder en la risa

por los besos que guardo

en un libro prestado

que no va a estar más.

los txipirones



El primer Auzmendi vino desde un pueblo llamado Ataun, a unos 40 km. De San Sebastián, internándose en las montañas verdes de Guipúzcoa. En ese pueblo dormí los días que estuve en el país vasco. A la noche me fumaba un Gitanes negro sin filtro en la galería del jardín y buscaba canciones en la memoria.

Entre Ataun y San Sebastián cada casa tiene su huerta y en ella se cultivan lechugas, cebolla dulce, brócoli, tomates, entre otras verduras. La gente come lo que crece en la huerta tomándolo de ella solo en el momento de cocinar.

También hay cabras llevada por pastores por los caminos y las montañas. Todos ceden el paso a las cabras.

Viniendo desde el sur, como llegué yo, el paisaje se va transformando de piedra a agua y de agua a valle. Como si nubes verdes y luminosas cayeran sobre las montañas y se derritieran hasta los ríos. Hay cientos de verdes distintos.

San Sebastián forma un arco de luces con el mar entrando como un amante entre montañas y piedra. El día que llegué, llovía. En la playa no había nadie, y nadie faltaba.

Sobre uno de los lados de la playa, el barrio viejo vuelve la ciudad a una geometría precisa y ordenada. Hay bares pequeños, algo ruines y ruidosos que ofrecen, en platos, sobre la barra, tapas frías. Las calientes se sirven por pedido.

En uno de ellos, comí una de las cosas más ricas que probé en mi vida. Eran unos chipirones (txipirones) con salsa verde y acostados, mansos y apenas crocantes, sobre un pedazo de queso de cabra.

Cuando era chico amaba las historias de barcos y navegantes y había un libro que quería mucho, en el que se veía un pulpo rosado que me fascinaba. Solo los chipriones, a los que llamaban calamaretis, en un restaurant de Valeria del mar vencieron a las rabas en mi gusto. Yo tenía 10 años. Lograba comerme el pulpo del libro.

Cuando abrí este blog, iba a volcar en él historias, imágenes y crónicas gastronómicas. Después hubo poesía, amores, olvidos, viajes, abstracciones, memorias, postales. Pero el título habla de ambas cosas, ya sin distinguirlas. El camino, es quizás el mismo. Búsqueda de sabor, en las cocinas, en las ciudades, en la memoria, en los amores. Un sabor que a veces está perdido. A veces se pierde. A veces está lejos. A veces no. Y siempre hay que buscarlo.

Thursday, March 20, 2008

estrella


Yo quiero la estrella de la mañana
¿donde esta la estrella de la mañana?
Mis amigos mis enemigos
Busquen la estrella de la mañana

Desapareció iba desnuda
¿Desapareció con quién?
Busquen por todas partes

Digan que soy un hombre sin orgullo
Un hombre que acepta todo
¿Qué me importa?
Yo quiero la estrella de la mañana

Tres días y tres noches
Fui asesino y suicida
Ladrón, falsario, indecente

Virgen mal sexuada
Atribuladora de los afligidos
Jirafa de dos cabezas
Pecad por todos pecad con todos
Pecad con los granujas
Pecad con los sargentos
Pecad con los fusileros navales
Pecad de todas maneras
Con los griegos y con los troyanos
Con el padre y el sacristán

Con el leproso de Pouso Alto

Después conmigo

Te esperaré con kermeses novenas jineteadas
comeré tierra y diré cosas de una
ternura tan simple
Que tú desfallecerás

Busquen por todas partes
Pura o degradada hasta la última bajeza
Yo quiero a la estrella de la mañana.


Manuel Bandeira

azulejos

Pensar que había un barco pirata hundiéndose en la espalda de mi sueño, caracoles atados en un collar que traía olas y sirenas a la cama. Pensar que los cangrejos de mis manos, me caminaban hasta atrás del odio. Pensar que los sueños se ordenaban como azulejos. Pensar que yo dormía. Pensar que no.

Tuesday, March 18, 2008

No, no estoy dónde

Sino aquí, riendo

No miro dónde descubrirme

Si no ustedes tratan de

No, no estoy riendo

Sino donde descubrirme

No estoy donde miro

Sino aquí

riendo

Monday, March 17, 2008

ojos


1.

Desde el lomo de una yegua negra

La noche cruzada por un rayo celeste, es un imán y un pozo.

Lo mismo que abisma, atrae, muele

te mastica el ansia como si fuera bronca, masa, papel picado


y si cerras los ojos.

Si cerras los ojos…

2

Por el cabeceo voraz del hambre animal atada

el Cuerpo de mi hombre tiembla, resiste. Tirando de las riendas, la fuerza nada como atravesando una ola de mar

y del otro lado, el sol y un horizonte.


y si cerras los ojos.

Si cerras los ojos…

feliz

Yo fui feliz en la casa de mi abuela. Aprendí a nadar, a disparar un revolver y a besar una mujer.

Friday, March 14, 2008

Thursday, March 13, 2008

el alto

El alto nombra en el pueblo de algunos de mis parientes españoles, al altillo donde guardan los alimentos secándose o en conserva.

Ahí están, las uvas que serán pasas para la sobremesa y las campanadas del fin de año. La huerta cocinada para la vida casi eterna. El cuerpo de madera abierto como una res, ordenando el tiempo futuro, su alimento. Entre los cuartos y el techo, un ambiente sin artificios para secar, proteger, guardar. Un bunker cotidiano esperando. Ahí está la tierra, la luz, las noches. A veces uno dice uno, para no decir yo. A veces uno guarda. Se guarda.

Si uno conserva habrá alimento en el futuro. Pero si uno quiere hacer la cosecha toda conserva, ordenar por tamaños el trabajo o los animales salvajes conquistados, dar un cuerpo blanco a lo que se va a comer y orientar el hambre a una conquista del futuro, el hambre será otra cosa. A veces uno dice uno y quiere decir yo. A veces uno guarda el futuro en el altillo, cierra cocinando al vacío lo que hará abrir el hambre, y cree que se puede dar un orden a todo eso.

A veces uno dice uno, y no es uno.

Sunday, March 09, 2008

no quiero más

fantasmas

Había unos balcones con luces de colores, hilvanadas por un cable blanco. Un tren, creo que era un tren, roto. Un fantasma con un vestido de algodón blanco, diciéndome que no. La casa de mí, niño, con las luces prendidas y prendiéndose fuego. Una mesa de madera con dos vasos de cerveza, las plumas verdes de un animal artificial, la memoria de un beso. Un fantasma con un vestido de algodón blanco, riéndose. Una caravana de gatos con flores, un puente de papel entre mis manos dormidas, el último bolinho de bacalao. Un camino que terminaba en un sofá cama, la sed a la mañana, mi mal. Una guitarra en una cama deshecha, un café frío, un balcón desde el que se veía el mar. Un fantasma con un vestido de algodón blanco, bailando. Un camino hacia un bar en ruinas, un beso en mi espalda, un mapa comido por la humedad, una moneda de 1 Real. Había fantasmas, fantasmas que no veo más.


Monday, March 03, 2008

felicidad

La felicidad está en Manchester, en un día de domingo, en decir no. La felicidad es un monstruo con alas que te da miedo dos o tres veces en la vida. A veces es una canción a las dos de la mañana, en la A.M. Es un plato de papas fritas cortadas a mano. Una inundación que colapsa el tránsito. Caminar entre el tránsito leyendo el Radar. La felicidad está en Manchester, en una carta escrita con tinta china, en decir chau con elegancia. Una vez fue una silla que encontré en la calle, y la calle en que dejé seis botellas con poemas adentro. Una boa de tul naranja, la serpiente que me mordía el pecho y logré dormir, la máscara de odio que descarté en un beso. La felicidad está en Manchester, en una mujer que se saca los zapatos, en un vestido aparecido entre un millón. En haberse ido, en volver a jugar. En el segundo Manhattan, en el mapa hundido en la espalda del sueño, en el olor del pan. La felicidad está en un avión que despega, en la sábana que nos enrosca las piernas, en la sala de preembarque de un aeropuerto internacional. Es tener palabras, romperles la cáscara con las manos, y que no quede nada más. La felicidad está en Manchester, en unas alas de plumas, en haber querido ya.

incendio

En el Once se incendió un depósito clandestino de cotillón porque no había agua, ni cerveza, ni fiesta. En Nueva York se incendiaron las torres gemelas porque dos aviones se clavaron hasta la medula de su estructura. Las oficinas se prendieron fuego porque están llenas de papeles, cables, memorias, escritorios de madera y plástico, cortinas americanas y basura. Seguramente había agua, embotellada, pero ninguna fiesta.

En Rio de Janeiro, la gente compra hasta los días previos al carnaval, cotillón y fantasías en el barrio de Saara. En un gesto de practicidad carioca, eliminaron la h y la referencia exacta al desierto. En el desierto del Sahara, no hay agua, ni fiesta, ni cerveza, pero tampoco incendios. Un incendio posible, sería hacer atravesar un bloco da rua por el desierto, con toda la gente fantaseada, cantando una marchina.

Una marchina popular dice: “decís que cachaça es agua, cachaça no es agua no, cachaça viene del alambique y el agua del río”… En la calle, la gente bebe cerveza, y en los bares suman la cachaca. No vi gente en los bares tomando agua. Rio esta atravesada por varios ríos, que se pierden entre los morros. En verano, las calles están mojadas, con charcos en que se mezcla los desagües de los barrios y las favelas, sudor, meo, y el agua del hielo que enfría la cerveza.

Viendo un mapa de Rio, gran parte del espacio esta ocupado por zona verdes: morros, selva, piedra. Ni calles, ni hombre, ni marcas. En esas zonas, crecen varias de las cientos de favelas. En Santa Teresa, un barrio de antiguos hacendados, de noche se escuchan las ametralladores disparadas en los barrios que ocupan las partes altas del morro. El carnaval, se vive de día, cuando la luz deja ver las fantasías, la cerveza es agua y se ven las caras que oculta la noche, los morros y el sueño.

En el Once se incendió un depósito clandestino de cotillón porque no había agua, ni cerveza, ni fiesta. El carnaval dura cinco días, Rio siempre está a tres horas de avión, todos los meses son más largos que Febrero. El cotillón está cerca, de la línea B y del 93. Encerrando las fantasías en planes y planos clandestinos, manteniendo siempre seco el papel picado, y guardando la fiesta en unas fotos, ya viejas, la mañana después, el año se transforma en un depósito del Once, mugriento, ordenado, oscuro y siempre a punto de prenderse fuego.

Monday, February 25, 2008

criminal

La purpurina cayendo en el café de manha, criminal, la maquina que hace decir ‘dios’ haciendo tic tac en el estómago, criminal, el perdón tentando con una cama al final del rencor, criminal, la boca salpicada de rouge carmín, criminal, los ojos huyendo del desdén en un partido en la TV, criminal, la primera página del trópico de cáncer, criminal, nadar bajo el río con los ojos abiertos, criminal, besar bajo la risa con las manos abiertas, criminal, el aroma a nafta y meo en las calles ruines de Río, criminal, el día en que deje volver, criminal, mis plumas temblando con el viento de un amor, criminal, los rayos todos en mi panza, criminal, mi armazón oxidándose con cerveza helada, criminal, el trueno en el freezer de un mail, criminal, la boa que desnuda al niño, criminal, una fantasía hecha para otros, criminal, otros dedicados a tu fantasía, criminal, los restos de la noche en el olor de una remera negra, criminal, la huella de mi mano en tu espalda, criminal, el río eléctrico que ilumina los ojos, criminal, el odio chino que muele mi amor como una piedra, criminal, la purpurina en la punta de la lengua a punto de decir sí, criminal, lo negro pintado en mis ojos, criminal, lo negro inyectado en mis ojos, criminal, lo negro creciendo en mis ojos, criminal, los colectivos extraños torneando con luces hormigón, criminal, la punta de la mesa comiendo rabas con manos de seda, criminal, mi memoria en el lente de la cámara, criminal, un cabaret náufrago en mi mar, criminal, un deseo brillando sobre la mesa, criminal, una remera, negra y criminal.

Thursday, February 21, 2008

una ventana al carnaval

Cuando era chico yo ya sabía que el carnaval que mostraba la televisión no existía. Lo que no sabía era qué era lo que sí existía.

Desde que tengo memoria, hubo una televisión cerca. En mi casa, en la de mi abuela y en la de mis amigos del colegio. En algunas casas, la tenían frente a la mesa en que se comía. En la mía no. Cuando me fui de mi casa, el primer cambio fue que no había televisión. Si no hablabas, se escuchaba el silencio. El único antecedente de esta experiencia, eran los veraneos, en que las casas no tenían ningún aparato, o alguno muy viejo en que se veían, mal, un par de canales de Mar del Plata.

Cuando era chico, mis padres, me llevaron un par de veces al corso de la calle Avellaneda en Virreyes. Era en Febrero. Esta calle es un boulevard en que en las macetas que dividen ambos carriles, el pasto solía estar quemado, seco y salpicado por basura. Con el paso del corso, sobre el pasto y la basura, caía espuma, serpentinas y papel picado. La espuma se derretía, y se hacían unos charcos de barro. A mi me gustaba saltarlos. Una vez fui con mi abuelo, que tampoco se reía en los carnavales.

En otra casa en la que viví, di vuelta una televisión rota, y le puse un cartel con una frase de Boris Vian: J'avais la télé, mais ça m'ennuyait / Je l'ai r'tournée... d'l'aut' côté c'est passionnant. A mi última casa familiar, volví para rescatar dos cajas con fotos y diapositivas, ropa y unas butacas de un cine viejo de tigre. Si te sentabas, se veía el cartel con las palabras de Vian. La canción se llamaba “Je suis snob”. Creo que era lo mejor que podía ser en esos días. Cuando estaba solo, me tiraba en la cama de uno de mis compañeros de casa, y hacía zapping hasta la madrugada en su 29”.

Cuando me mudé solo, decidí no tener televisión. Escuchaba radio, más que nada A.M. La F.M., tenía como una urgencia por la alegría que me molestaba. La A.M., cuando era mala, era por estar como acalambrada por el fastidio. Cuando era buena, era porque hablaban de temas intrascendentes, como si fueran importantes. Esto solía suceder después de la medianoche. En un año fui a ver unas 50 películas al cine. La mayoría solo y a las funciones diurnas. Entre ellas Madame Satá.

Madame Satá fue mi primera ventana hacía un carnaval que todavía no existía. Madame Satá era el personaje de Joao Francisco dos Santos. Para mí, la ropa que él usaba era un disfraz, después supe que en Brasil lo llamaban fantasía. Media hora después de descubrir esto, empezaba a enroscarme en una serpiente de tul naranja. Cuando terminó la película, yo lloré. Cuando terminé de ponerme mi fantasía, salí a la calle y estuve bailando desde Santa Teresa a Copacabana y de ahí a Lapa. Lapa era el barrio de Madame Satá.

Cuando llegué a Río de Janeiro, sin saberlo, el primer lugar que pisé, después de la estación de buses, fue Lapa. Era de día y no había nadie. La segunda vez que fui, la gente compraba latas de cerveza en la calle, comía salchichas y parecía no querer entrar a ningún lado. Entré a un bar en que tres músicos tocaban choro y vi una mujer que me encantó. No quiso hablar conmigo. Sentado bajo una ventana desde la que se veía la calle apenas iluminada, bebía cerveza como si ese volumen líquido fuera la arena de mi reloj. Di vuelta varias veces el reloj. A la mañana siguiente, desperté en una habitación llena de fantasías.

Fui al sambódromo, el día del desfile de los campeones. A las tres de la mañana me subí al taxi con dos amigos, bajamos en la puerta, compramos unas entradas ya usadas, entramos y encontramos un lugar en la tribuna más popular. Entre nosotros y el desfile, había otra tribuna que supe, era más cara. Una señora morena, sola, estuvo bailando las tres horas que estuve. Todo el tiempo se reía. Desde la tribuna, ese carnaval desfilando, se veía bastante parecido al que yo veía por la televisión cuando era chico. Pero el carnaval sí existía en esa risa.

De vuelta en casa, la televisión repetía las imágenes del desfile de las escolas campeonas. Beija flor fue la ganadora. Supe que beija flor es la forma de nombrar al colibrí. Desde la ventana, se veían, aún encendidas, las luces del sambódromo. Esa noche dormí en una hamaca paraguaya. Recién al otro día vi la foto. De un lado, la televisión, con el eco de la fiesta. Eco y comentarios. Del otro, las luces iluminando una pista vacía. Y el carnaval, perdido en la ciudad, esquivando las luces y la TV.

Wednesday, February 20, 2008

Cuatro casas y el amor

Una superficie de 140 metros, llena de basura, hollín, palets de pino, una estrella plateada del tamaño de una mesa y azulejos blancos. Una casa ruin, un pozo en mi cuerpo, un acantilado de mármol y hormigón, una carpa en el medio, con almohadones y grititos de seda transparente.

Un colchón en el piso, con una sábana de hormigón roja, desplegándose en mi cabeza. Palabras, palabras, palabras. Como una enredadera regada con agua salada. Sin sueño. Con ramas esdrújulas. Sin verde. Con algunas oraciones en francés. Sin mi dolor aún planchado con las camisas. Con mi risa salpicando a una chica que me hizo feliz un mes.

En la cocina, había una heladera blanca como la espuma de afeitar, y adentro, un queso feta blanco como la espuma de alta mar. Yo corté un pedazo ancho como una rebanada de pan lactal, y le volqué aceite de oliva. Comí con las manos. Esa noche, sentado en un taburete de madera, escuché las estaciones de Astor. Cuando me fui a dormir, empezó a terminar el verano. Cuando me fui a dormir, amaba.

Las puertas de los placards pintadas mirando a Grecia. Grecia en el mail, pidiendo volver. Y el camino en el mapa, iluminado por correos de madrugada, con besos en la firma y PD donde sí brillaba algún deseo. El send y reply terminó trayendo el recuerdo exacto. Fue algo que pasó a la mañana. Fue algo que no iba a hacer. Fue en la forma, distinta, de hacer la cama. Fue en el tiempo entre un beso y otro. Fue con las ventanas del cuarto abiertas. Fue en una casa que tenía las puertas azules. Fue, en verdad, en la distancia. Creí que lo iba a recordar. Creí que era para siempre. Después me dormí. Y volvió seis casas después.

En Lapa, la gente baila y mea en la calle. Cuando llegué, creí que ambas costumbres, eran una forma conjunta de la libertad. O que eran otro nombre para la libertad. Los desagües pluviales, dejan charcos en las calles y es difícil saber si lo que uno pisa es agua. Y en esa duda, pensé, también había algo de la libertad. La gente, fantaseada, bebía cerveza de latas heladas. Entrando desde los arcos, la calle se tuerce mientras se ilumina con cada bar abierto. En el fondo, junto al último bar, había una escalera tapizada de azulejos cortados a golpes, de todos colores y orígenes, un patrullero con dos policías con chaleco antibalas y el Hotel Love’s House. Uno puede subir la escalera, alejándose de la policía e internándose en el morro hacia Santa Teresa, atravesar el umbral, bajo el cartel de Love’s House, o quedarse bailando en la calle. Cuando me fui, creí que en esas posibilidades, había algo de la libertad.