Tuesday, April 15, 2008

sea





Somewhere beyond the sea
Somewhere waiting for me
My lover stands on golden sands
And watches the ships that go sailin

Somewhere beyond the sea
She's there watching for me
If I could fly like birds on high
Then straight to her arms
I'd go sailin'

It's far beyond the stars
It's near beyond the moon
I know beyond a doubt
My heart will lead me there soon

We'll meet beyond the shore
We'll kiss just as before
Happy we'll be beyond the sea
And never again I'll go sailin'

I know beyond a doubt
My heart will lead me there soon
We'll meet (I know we'll meet) beyond the shore
We'll kiss just as before
Happy we'll be beyond the sea
And never again I'll go sailin'

No more sailin'
So long sailin'
Bye bye sailin'

Thursday, March 27, 2008

canción casi cursi para un ex libro




Comodín de la a A la zeta

Comodín si se fue, si regresa

Si se tira en el cama

y no se quiere ir más.


Comodín en la espalda de la noche

con la sábana sucia y enroscada

el olor oxidado en la almohada

con lo que queda, lo que falta

Cuando ya no hay más.


Comodín si la cáscara no alcanza,

La máscara espanta o dejas de reir.

Comodín en el pozo del odio

En los besos de otro, en tu mal

en mi mal.


Comodín de la eme a la zeta

si se fue, si regresa

si se cae en la cama

y no se duerme más


Comodín si la boca se te seca

si muele el ardor la madrugada

crece el amor debajo de la cama

y las flores huelen tan mal.


Comodín entre vos y la madrugada

en la frazada que son

algunas últimas palabras

en lo que queda

en lo que nunca va a estar


Comodín de la W a la Zeta

en tan poco pasado

en perder en la risa

por los besos que guardo

en un libro prestado

que no va a estar más.

los txipirones



El primer Auzmendi vino desde un pueblo llamado Ataun, a unos 40 km. De San Sebastián, internándose en las montañas verdes de Guipúzcoa. En ese pueblo dormí los días que estuve en el país vasco. A la noche me fumaba un Gitanes negro sin filtro en la galería del jardín y buscaba canciones en la memoria.

Entre Ataun y San Sebastián cada casa tiene su huerta y en ella se cultivan lechugas, cebolla dulce, brócoli, tomates, entre otras verduras. La gente come lo que crece en la huerta tomándolo de ella solo en el momento de cocinar.

También hay cabras llevada por pastores por los caminos y las montañas. Todos ceden el paso a las cabras.

Viniendo desde el sur, como llegué yo, el paisaje se va transformando de piedra a agua y de agua a valle. Como si nubes verdes y luminosas cayeran sobre las montañas y se derritieran hasta los ríos. Hay cientos de verdes distintos.

San Sebastián forma un arco de luces con el mar entrando como un amante entre montañas y piedra. El día que llegué, llovía. En la playa no había nadie, y nadie faltaba.

Sobre uno de los lados de la playa, el barrio viejo vuelve la ciudad a una geometría precisa y ordenada. Hay bares pequeños, algo ruines y ruidosos que ofrecen, en platos, sobre la barra, tapas frías. Las calientes se sirven por pedido.

En uno de ellos, comí una de las cosas más ricas que probé en mi vida. Eran unos chipirones (txipirones) con salsa verde y acostados, mansos y apenas crocantes, sobre un pedazo de queso de cabra.

Cuando era chico amaba las historias de barcos y navegantes y había un libro que quería mucho, en el que se veía un pulpo rosado que me fascinaba. Solo los chipriones, a los que llamaban calamaretis, en un restaurant de Valeria del mar vencieron a las rabas en mi gusto. Yo tenía 10 años. Lograba comerme el pulpo del libro.

Cuando abrí este blog, iba a volcar en él historias, imágenes y crónicas gastronómicas. Después hubo poesía, amores, olvidos, viajes, abstracciones, memorias, postales. Pero el título habla de ambas cosas, ya sin distinguirlas. El camino, es quizás el mismo. Búsqueda de sabor, en las cocinas, en las ciudades, en la memoria, en los amores. Un sabor que a veces está perdido. A veces se pierde. A veces está lejos. A veces no. Y siempre hay que buscarlo.

Thursday, March 20, 2008

estrella


Yo quiero la estrella de la mañana
¿donde esta la estrella de la mañana?
Mis amigos mis enemigos
Busquen la estrella de la mañana

Desapareció iba desnuda
¿Desapareció con quién?
Busquen por todas partes

Digan que soy un hombre sin orgullo
Un hombre que acepta todo
¿Qué me importa?
Yo quiero la estrella de la mañana

Tres días y tres noches
Fui asesino y suicida
Ladrón, falsario, indecente

Virgen mal sexuada
Atribuladora de los afligidos
Jirafa de dos cabezas
Pecad por todos pecad con todos
Pecad con los granujas
Pecad con los sargentos
Pecad con los fusileros navales
Pecad de todas maneras
Con los griegos y con los troyanos
Con el padre y el sacristán

Con el leproso de Pouso Alto

Después conmigo

Te esperaré con kermeses novenas jineteadas
comeré tierra y diré cosas de una
ternura tan simple
Que tú desfallecerás

Busquen por todas partes
Pura o degradada hasta la última bajeza
Yo quiero a la estrella de la mañana.


Manuel Bandeira

azulejos

Pensar que había un barco pirata hundiéndose en la espalda de mi sueño, caracoles atados en un collar que traía olas y sirenas a la cama. Pensar que los cangrejos de mis manos, me caminaban hasta atrás del odio. Pensar que los sueños se ordenaban como azulejos. Pensar que yo dormía. Pensar que no.

Tuesday, March 18, 2008

No, no estoy dónde

Sino aquí, riendo

No miro dónde descubrirme

Si no ustedes tratan de

No, no estoy riendo

Sino donde descubrirme

No estoy donde miro

Sino aquí

riendo

Monday, March 17, 2008

ojos


1.

Desde el lomo de una yegua negra

La noche cruzada por un rayo celeste, es un imán y un pozo.

Lo mismo que abisma, atrae, muele

te mastica el ansia como si fuera bronca, masa, papel picado


y si cerras los ojos.

Si cerras los ojos…

2

Por el cabeceo voraz del hambre animal atada

el Cuerpo de mi hombre tiembla, resiste. Tirando de las riendas, la fuerza nada como atravesando una ola de mar

y del otro lado, el sol y un horizonte.


y si cerras los ojos.

Si cerras los ojos…

feliz

Yo fui feliz en la casa de mi abuela. Aprendí a nadar, a disparar un revolver y a besar una mujer.

Friday, March 14, 2008

Thursday, March 13, 2008

el alto

El alto nombra en el pueblo de algunos de mis parientes españoles, al altillo donde guardan los alimentos secándose o en conserva.

Ahí están, las uvas que serán pasas para la sobremesa y las campanadas del fin de año. La huerta cocinada para la vida casi eterna. El cuerpo de madera abierto como una res, ordenando el tiempo futuro, su alimento. Entre los cuartos y el techo, un ambiente sin artificios para secar, proteger, guardar. Un bunker cotidiano esperando. Ahí está la tierra, la luz, las noches. A veces uno dice uno, para no decir yo. A veces uno guarda. Se guarda.

Si uno conserva habrá alimento en el futuro. Pero si uno quiere hacer la cosecha toda conserva, ordenar por tamaños el trabajo o los animales salvajes conquistados, dar un cuerpo blanco a lo que se va a comer y orientar el hambre a una conquista del futuro, el hambre será otra cosa. A veces uno dice uno y quiere decir yo. A veces uno guarda el futuro en el altillo, cierra cocinando al vacío lo que hará abrir el hambre, y cree que se puede dar un orden a todo eso.

A veces uno dice uno, y no es uno.

Sunday, March 09, 2008

no quiero más

fantasmas

Había unos balcones con luces de colores, hilvanadas por un cable blanco. Un tren, creo que era un tren, roto. Un fantasma con un vestido de algodón blanco, diciéndome que no. La casa de mí, niño, con las luces prendidas y prendiéndose fuego. Una mesa de madera con dos vasos de cerveza, las plumas verdes de un animal artificial, la memoria de un beso. Un fantasma con un vestido de algodón blanco, riéndose. Una caravana de gatos con flores, un puente de papel entre mis manos dormidas, el último bolinho de bacalao. Un camino que terminaba en un sofá cama, la sed a la mañana, mi mal. Una guitarra en una cama deshecha, un café frío, un balcón desde el que se veía el mar. Un fantasma con un vestido de algodón blanco, bailando. Un camino hacia un bar en ruinas, un beso en mi espalda, un mapa comido por la humedad, una moneda de 1 Real. Había fantasmas, fantasmas que no veo más.


Monday, March 03, 2008

felicidad

La felicidad está en Manchester, en un día de domingo, en decir no. La felicidad es un monstruo con alas que te da miedo dos o tres veces en la vida. A veces es una canción a las dos de la mañana, en la A.M. Es un plato de papas fritas cortadas a mano. Una inundación que colapsa el tránsito. Caminar entre el tránsito leyendo el Radar. La felicidad está en Manchester, en una carta escrita con tinta china, en decir chau con elegancia. Una vez fue una silla que encontré en la calle, y la calle en que dejé seis botellas con poemas adentro. Una boa de tul naranja, la serpiente que me mordía el pecho y logré dormir, la máscara de odio que descarté en un beso. La felicidad está en Manchester, en una mujer que se saca los zapatos, en un vestido aparecido entre un millón. En haberse ido, en volver a jugar. En el segundo Manhattan, en el mapa hundido en la espalda del sueño, en el olor del pan. La felicidad está en un avión que despega, en la sábana que nos enrosca las piernas, en la sala de preembarque de un aeropuerto internacional. Es tener palabras, romperles la cáscara con las manos, y que no quede nada más. La felicidad está en Manchester, en unas alas de plumas, en haber querido ya.

incendio

En el Once se incendió un depósito clandestino de cotillón porque no había agua, ni cerveza, ni fiesta. En Nueva York se incendiaron las torres gemelas porque dos aviones se clavaron hasta la medula de su estructura. Las oficinas se prendieron fuego porque están llenas de papeles, cables, memorias, escritorios de madera y plástico, cortinas americanas y basura. Seguramente había agua, embotellada, pero ninguna fiesta.

En Rio de Janeiro, la gente compra hasta los días previos al carnaval, cotillón y fantasías en el barrio de Saara. En un gesto de practicidad carioca, eliminaron la h y la referencia exacta al desierto. En el desierto del Sahara, no hay agua, ni fiesta, ni cerveza, pero tampoco incendios. Un incendio posible, sería hacer atravesar un bloco da rua por el desierto, con toda la gente fantaseada, cantando una marchina.

Una marchina popular dice: “decís que cachaça es agua, cachaça no es agua no, cachaça viene del alambique y el agua del río”… En la calle, la gente bebe cerveza, y en los bares suman la cachaca. No vi gente en los bares tomando agua. Rio esta atravesada por varios ríos, que se pierden entre los morros. En verano, las calles están mojadas, con charcos en que se mezcla los desagües de los barrios y las favelas, sudor, meo, y el agua del hielo que enfría la cerveza.

Viendo un mapa de Rio, gran parte del espacio esta ocupado por zona verdes: morros, selva, piedra. Ni calles, ni hombre, ni marcas. En esas zonas, crecen varias de las cientos de favelas. En Santa Teresa, un barrio de antiguos hacendados, de noche se escuchan las ametralladores disparadas en los barrios que ocupan las partes altas del morro. El carnaval, se vive de día, cuando la luz deja ver las fantasías, la cerveza es agua y se ven las caras que oculta la noche, los morros y el sueño.

En el Once se incendió un depósito clandestino de cotillón porque no había agua, ni cerveza, ni fiesta. El carnaval dura cinco días, Rio siempre está a tres horas de avión, todos los meses son más largos que Febrero. El cotillón está cerca, de la línea B y del 93. Encerrando las fantasías en planes y planos clandestinos, manteniendo siempre seco el papel picado, y guardando la fiesta en unas fotos, ya viejas, la mañana después, el año se transforma en un depósito del Once, mugriento, ordenado, oscuro y siempre a punto de prenderse fuego.

Monday, February 25, 2008

criminal

La purpurina cayendo en el café de manha, criminal, la maquina que hace decir ‘dios’ haciendo tic tac en el estómago, criminal, el perdón tentando con una cama al final del rencor, criminal, la boca salpicada de rouge carmín, criminal, los ojos huyendo del desdén en un partido en la TV, criminal, la primera página del trópico de cáncer, criminal, nadar bajo el río con los ojos abiertos, criminal, besar bajo la risa con las manos abiertas, criminal, el aroma a nafta y meo en las calles ruines de Río, criminal, el día en que deje volver, criminal, mis plumas temblando con el viento de un amor, criminal, los rayos todos en mi panza, criminal, mi armazón oxidándose con cerveza helada, criminal, el trueno en el freezer de un mail, criminal, la boa que desnuda al niño, criminal, una fantasía hecha para otros, criminal, otros dedicados a tu fantasía, criminal, los restos de la noche en el olor de una remera negra, criminal, la huella de mi mano en tu espalda, criminal, el río eléctrico que ilumina los ojos, criminal, el odio chino que muele mi amor como una piedra, criminal, la purpurina en la punta de la lengua a punto de decir sí, criminal, lo negro pintado en mis ojos, criminal, lo negro inyectado en mis ojos, criminal, lo negro creciendo en mis ojos, criminal, los colectivos extraños torneando con luces hormigón, criminal, la punta de la mesa comiendo rabas con manos de seda, criminal, mi memoria en el lente de la cámara, criminal, un cabaret náufrago en mi mar, criminal, un deseo brillando sobre la mesa, criminal, una remera, negra y criminal.

Thursday, February 21, 2008

una ventana al carnaval

Cuando era chico yo ya sabía que el carnaval que mostraba la televisión no existía. Lo que no sabía era qué era lo que sí existía.

Desde que tengo memoria, hubo una televisión cerca. En mi casa, en la de mi abuela y en la de mis amigos del colegio. En algunas casas, la tenían frente a la mesa en que se comía. En la mía no. Cuando me fui de mi casa, el primer cambio fue que no había televisión. Si no hablabas, se escuchaba el silencio. El único antecedente de esta experiencia, eran los veraneos, en que las casas no tenían ningún aparato, o alguno muy viejo en que se veían, mal, un par de canales de Mar del Plata.

Cuando era chico, mis padres, me llevaron un par de veces al corso de la calle Avellaneda en Virreyes. Era en Febrero. Esta calle es un boulevard en que en las macetas que dividen ambos carriles, el pasto solía estar quemado, seco y salpicado por basura. Con el paso del corso, sobre el pasto y la basura, caía espuma, serpentinas y papel picado. La espuma se derretía, y se hacían unos charcos de barro. A mi me gustaba saltarlos. Una vez fui con mi abuelo, que tampoco se reía en los carnavales.

En otra casa en la que viví, di vuelta una televisión rota, y le puse un cartel con una frase de Boris Vian: J'avais la télé, mais ça m'ennuyait / Je l'ai r'tournée... d'l'aut' côté c'est passionnant. A mi última casa familiar, volví para rescatar dos cajas con fotos y diapositivas, ropa y unas butacas de un cine viejo de tigre. Si te sentabas, se veía el cartel con las palabras de Vian. La canción se llamaba “Je suis snob”. Creo que era lo mejor que podía ser en esos días. Cuando estaba solo, me tiraba en la cama de uno de mis compañeros de casa, y hacía zapping hasta la madrugada en su 29”.

Cuando me mudé solo, decidí no tener televisión. Escuchaba radio, más que nada A.M. La F.M., tenía como una urgencia por la alegría que me molestaba. La A.M., cuando era mala, era por estar como acalambrada por el fastidio. Cuando era buena, era porque hablaban de temas intrascendentes, como si fueran importantes. Esto solía suceder después de la medianoche. En un año fui a ver unas 50 películas al cine. La mayoría solo y a las funciones diurnas. Entre ellas Madame Satá.

Madame Satá fue mi primera ventana hacía un carnaval que todavía no existía. Madame Satá era el personaje de Joao Francisco dos Santos. Para mí, la ropa que él usaba era un disfraz, después supe que en Brasil lo llamaban fantasía. Media hora después de descubrir esto, empezaba a enroscarme en una serpiente de tul naranja. Cuando terminó la película, yo lloré. Cuando terminé de ponerme mi fantasía, salí a la calle y estuve bailando desde Santa Teresa a Copacabana y de ahí a Lapa. Lapa era el barrio de Madame Satá.

Cuando llegué a Río de Janeiro, sin saberlo, el primer lugar que pisé, después de la estación de buses, fue Lapa. Era de día y no había nadie. La segunda vez que fui, la gente compraba latas de cerveza en la calle, comía salchichas y parecía no querer entrar a ningún lado. Entré a un bar en que tres músicos tocaban choro y vi una mujer que me encantó. No quiso hablar conmigo. Sentado bajo una ventana desde la que se veía la calle apenas iluminada, bebía cerveza como si ese volumen líquido fuera la arena de mi reloj. Di vuelta varias veces el reloj. A la mañana siguiente, desperté en una habitación llena de fantasías.

Fui al sambódromo, el día del desfile de los campeones. A las tres de la mañana me subí al taxi con dos amigos, bajamos en la puerta, compramos unas entradas ya usadas, entramos y encontramos un lugar en la tribuna más popular. Entre nosotros y el desfile, había otra tribuna que supe, era más cara. Una señora morena, sola, estuvo bailando las tres horas que estuve. Todo el tiempo se reía. Desde la tribuna, ese carnaval desfilando, se veía bastante parecido al que yo veía por la televisión cuando era chico. Pero el carnaval sí existía en esa risa.

De vuelta en casa, la televisión repetía las imágenes del desfile de las escolas campeonas. Beija flor fue la ganadora. Supe que beija flor es la forma de nombrar al colibrí. Desde la ventana, se veían, aún encendidas, las luces del sambódromo. Esa noche dormí en una hamaca paraguaya. Recién al otro día vi la foto. De un lado, la televisión, con el eco de la fiesta. Eco y comentarios. Del otro, las luces iluminando una pista vacía. Y el carnaval, perdido en la ciudad, esquivando las luces y la TV.

Wednesday, February 20, 2008

Cuatro casas y el amor

Una superficie de 140 metros, llena de basura, hollín, palets de pino, una estrella plateada del tamaño de una mesa y azulejos blancos. Una casa ruin, un pozo en mi cuerpo, un acantilado de mármol y hormigón, una carpa en el medio, con almohadones y grititos de seda transparente.

Un colchón en el piso, con una sábana de hormigón roja, desplegándose en mi cabeza. Palabras, palabras, palabras. Como una enredadera regada con agua salada. Sin sueño. Con ramas esdrújulas. Sin verde. Con algunas oraciones en francés. Sin mi dolor aún planchado con las camisas. Con mi risa salpicando a una chica que me hizo feliz un mes.

En la cocina, había una heladera blanca como la espuma de afeitar, y adentro, un queso feta blanco como la espuma de alta mar. Yo corté un pedazo ancho como una rebanada de pan lactal, y le volqué aceite de oliva. Comí con las manos. Esa noche, sentado en un taburete de madera, escuché las estaciones de Astor. Cuando me fui a dormir, empezó a terminar el verano. Cuando me fui a dormir, amaba.

Las puertas de los placards pintadas mirando a Grecia. Grecia en el mail, pidiendo volver. Y el camino en el mapa, iluminado por correos de madrugada, con besos en la firma y PD donde sí brillaba algún deseo. El send y reply terminó trayendo el recuerdo exacto. Fue algo que pasó a la mañana. Fue algo que no iba a hacer. Fue en la forma, distinta, de hacer la cama. Fue en el tiempo entre un beso y otro. Fue con las ventanas del cuarto abiertas. Fue en una casa que tenía las puertas azules. Fue, en verdad, en la distancia. Creí que lo iba a recordar. Creí que era para siempre. Después me dormí. Y volvió seis casas después.

En Lapa, la gente baila y mea en la calle. Cuando llegué, creí que ambas costumbres, eran una forma conjunta de la libertad. O que eran otro nombre para la libertad. Los desagües pluviales, dejan charcos en las calles y es difícil saber si lo que uno pisa es agua. Y en esa duda, pensé, también había algo de la libertad. La gente, fantaseada, bebía cerveza de latas heladas. Entrando desde los arcos, la calle se tuerce mientras se ilumina con cada bar abierto. En el fondo, junto al último bar, había una escalera tapizada de azulejos cortados a golpes, de todos colores y orígenes, un patrullero con dos policías con chaleco antibalas y el Hotel Love’s House. Uno puede subir la escalera, alejándose de la policía e internándose en el morro hacia Santa Teresa, atravesar el umbral, bajo el cartel de Love’s House, o quedarse bailando en la calle. Cuando me fui, creí que en esas posibilidades, había algo de la libertad.

Monday, February 18, 2008

el diablo

El diablo está en la máquina que estampa flores en las telas chinas, en las favelas donde se cría la samba al sol de lamparitas de 45 wats, en los vestidos blancos de algodón, en la TV que comenta un tiroteo nocturno, en las fantasías, en la frontera entre dos países limítrofes. A veces se mira y se refleja en el esmalte carmín, en el iris de los ojos cuando se cierran después de medianoche. El diablo se moja en el asfalto meado, se viste de fiesta mirándose a un espejo de pie, come con las manos, guarda los restos en el freezer, baila abriendo los brazos. Y cerrando los ojos.

El diablo es una peluca roja en Río de Janeiro. Una promesa que se hace a bordo de un avión, de ida, en un viaje sin vuelta confirmada. El diablo duerme boca arriba. Nada con los ojos abiertos. El diablo está en el rocío del campo, cuando el primer sol brilla. En el aire que levanta el mar cuando va a llover. En las madrugadas de la A.M. cuando no puedo dormir. El diablo vive más que una mariposa, pero no vuela, aunque tenga alas. El diablo es la máquina que estampa flores en las telas chinas. El diablo huele a jazmines, azares, canela y clavo. El diablo es uno de los tres deseos del cumpleaños. El diablo a veces existe. Y cuando existe, es una fantasía de carnaval.

Wednesday, January 30, 2008

Apuntes a Antes del amanecer



Los trenes
Para llegar de un lado al otro, el avión. Para recorrer ese trayecto, el tren. El tren da la posibilidad cierta de bajarse en diversas paradas, no solo en el destino final. Uno, aunque de manera sorda y tácita, va decidiendo continuar en cada estación. El destino final se transforma en otra parada, en una excusa, una razón más.

Los que se sientan en el pasillo huyen del paisaje, de su visibilidad como fotogramas, de cómo se funde la luz en pocos colores. En el movimiento, uno se ve móvil, y a la vez inmoviliza el resto del mundo. Un pájaro es una visión de un pájaro. Una casa es siempre un segundo en esa casa. Los que se sientan en el pasillo, huyen del tiempo.

Los libros

Jesse lee a Kinski, Celline a Bataille. Me dijeron que en un tiempo Klauss vivía en un cuarto lleno de hojas de árboles secas. Después lo vi loco en una película de Leone. De Bataille leí algo sobre el erotismo. Una historia creo. Los libros son un ancla, te llevan a un fondo florido, cerca siempre del fango, la arena o las piedras. Y al mismo tiempo, hacen preguntas que flotan como pelotas de ping pong, boyas, plumas. Los de Jesse y Celine, parecen hacerse preguntas entre sí, antes que ellos hablen. Aunque él esconda el suyo, y ella no. Entonces, esos pocos minutos (¿segundos?) en que ellos leen, y otros pasajeros hablan, callan o discuten, la lectura teje una sábana de silencio. El libro de él se llama “Yo necesito amor”. El de ella es la Historia del ojo, las visiones sobre el Erotismo de Bataille.

Mesas y sillas

Jesse mira a Celine cuando ella se sienta en las butacas que están al lado de las suyas. Cada uno tiene dos. A cada uno le sobra una. El la mira, solo una vez, antes de decirle algo. La diferencia entre el voyeur, el curioso, tímido, y alguien. ¿Sabés por qué estaban peleando?, es su primera pregunta, la mira a los ojos, con una leve inclinación corporal. Después hablan de varios temas y pasan al salón comedor. El único mejor lugar para conocer a alguien charlando, que la mesa de un restaurant, es una mesa en el tren comedor de un tren. La velocidad funde el mundo en el movimiento, y en ese escenario extraño, precario y fugaz, ellos se quedan realmente solos.

Espejo en cuatro partes

El espejo te hace verte, y también te corta en pedazos. Pedazos que se hunden en el tiempo, como si se enterraran en tu cuerpo dormido. En la fronda del sueño, vuelven del naufragio los nombres que usaste en cada lugar. Los que diste y los que te dieron. Los que usaste y los que quisiste dejar de usar. Los que te nombran y los que no. Lo que desaparece, si no lo dejaste escrito, no va a estar más. Al despertar, sobre las sábanas flotando como pelotas de plástico de colores, incluso cosas que nunca dijiste pero recordás.

El espejo se puede usar para desviar la luz y llevarla desde el espejo en la mano, hasta una cara, encandilar o encender un brillo en la cara del deseo. Pero es cuando corta y disemina las partes que espeja. En el palier de un edificio que visite varios años, había dos espejos enfrentados. Te repetía hasta un infinito improbable. Y así, me veía, como en fotogramas de una película super 8, en el tiempo, hacia el pasado (¿o hacia el futuro?), hasta desaparecer. Después de ese túnel, el espejo del ascensor, era un descanso, y pese a subir 4 pisos, fijaba mi retrato.

En la biblioteca tengo un espejo de forma oval. De un lado tiene una foto en blanco y negro de un soldado alemán. Serio. Quizás tenso. Con un gran tapado, el pelo corto peinado hacia atrás y la cabeza inclinada sobre el pecho, casi hundida. Como si el mentón le pesara, tuviera miedo o estuviera concentrando en su memoria ese momento. Como si también sacara una foto, de sí mismo, para atesorar al ser enviado a la guerra. Alguna mujer lo ha tenido entre sus cosas, y al mirarse, escondía el rostro del amado. Y al mirarlo, dejaba desaparecer el suyo. Uno en el espejo, esconde al amado, habría que escribir.

En un espejo del botiquín de un baño, pegué palabras y fotos. Un tigre dibujado y como palabras, ‘hola amor’. En otro, años después, ‘lo que tiramos no sabemos si es lo que somos o ya no’. De las casas que uno deja, los espejos del baño se dejan. Y como en el amor, no sabemos si lo que dejamos es aquello que ya no somos.

Monday, January 28, 2008

ventanas


Uno se asoma al nombre, como a una ventana cerrada. Como a un sueño. Mi abuela cuenta que salía a la de su casa de La Pampa, a regar las flores cuando escuchaba los palpitaciones en la tierra y la luz caía oblicua sobre el piso de madera de su habitación. El caballo de mi abuelo Auzmendi, todos los días buscaba la misma hora, para ver desde el trote, a mi abuela, joven y sola, asomarse a la luz de la tarde. Hoy ella vive en una habitación con una gran puerta ventana. De un lado, su cama con almohadones con flores, del otro, sus macetas con geranios, santa ritas, margaritas y alegrías del hogar que riega todas las tardes, a no ser que llueva. Cuando ya no vivieron más en el campo, pusieron en su departamento de Belgrano, una pileta inflable en el balcón. Para llegar a la ella, había una puerta, que dejaba entrar luz, pero no el sol. Con mis hermanas nos pasábamos las tardes de verano sumergidos y mirando los autos que pasaban cuatro pisos abajo. Como íbamos los domingos, había pocos. En el cuarto que viví hasta que deje mi casa, tenía una ventana con una cortina de mimbre que nunca usaba. Siempre estaba arrollada, y jamás la cerré. Me despertaba con la luz del día, que iba llenando mi cama, mi cuerpo y la habitación entera, empezando a las 6 en verano, y las 7 en invierno. Sin embargo, en los 8 años que dormí en ese cuarto, el árbol que nacía entre las baldosas de la vereda, creció y comenzó a dar sombra sobre la mitad de la planta alta de mi casa. En ese primer piso, sobre uno de los lados, estaba mi ventana. Pasé a despertarme con un reloj. Y después con una radio. Y un día me desperté y el río estaba cubriendo toda la calle, el tronco del árbol, el canasto de la basura hasta su base, y un Peugeot 504 blanco del vecino. Después mis padres compraron ese auto, y yo volvía de noche por el acceso norte, manejando con la ventana abierta para no dormirme. La mañana en que vi el agua abajo de mi ventana, era el año 91 y fue una de las inundaciones más grandes en Tigre. El sol se reflejaba en el río marrón, como un fantasma. Cuando volví por primera vez a Buenos Aires en avión, me acuerdo que el Rio de la Plata parecía una enorme frazada vieja, turbia y brillante. Siempre viajo del lado de la ventana para ver los ríos, las nubes, la luz del sol en el fondo del cielo y como se mueven las alas de los aviones. Después de otro viaje, mi casa fue en un sexto piso. Desde la ventana se veían miles de otros edificios de la misma altura, y desparramados entre todos, la cúpula de un panteón, el techo de un mausoleo, una iglesia en lo alto de una loma y un edificio gris, oscuro y muy feo. Era Paris y ahí el cielo empieza en el sexto piso. Tal vez por eso la luz parece empezar muy cerca del suelo, y choca contra las paredes de piedra de los edificios, y queda rebotando, diluyéndose, apagándose, muriendo hasta dejar una sombre brillante, amarilla, casi ocre. Como un eco de una luz más vieja, más fuerte, y más real. Desde la ventana también se veían lo techos de zinc y las chimeneas color ladrillo. Un año después, hubo otra ventana que se ensuciaba con la mugre de los colectivos y el humo de una parrilla. La primera primavera que viví cerca de esa ventana, la estación le trajo flores y la humedad le cimentó el polvo hasta oscurecer el vidrio, la visión desde el balcón del living con azulejos blancos y los amaneceres. Buenos Aires era una máquina que apenas sabía como encender pero que, como el motor de una heladera nueva, nunca paraba. Y si el motor de la heladera le mantiene una temperatura constante, Buenos Aires estaba ordenado en un ritmo feroz, torpe y repetido, de día, y cansino, tibio y silencioso de noche. Pero estas diferencias apenas se veían desde la ventana. Las ventanas, grandes como camas king size, las abríamos, para dejar entrar el viento, y salir los restos fósiles de las sábanas y la cocina. Mandarinas podridas, albahaca fresca, humo de cigarrillos negros, aceite de maíz, lavanda, jazmines (solo en septiembre). Las dejábamos de par en par todas las noches. Salía a fumar un Gitanes sin filtro y asomado al balcón se veía una Tucumán inhóspita, salvo una semana que se llenó de unos trabajadores que picaron el asfalto incluso de noche. En el fondo, como una postal, un espectro y un refugio que no escondía a nadie, el teatro Colón con la misma luz que los edificios de Paris, brillaba cada noche como la sala vacía de un museo. Después encontré otra casa, con dos puertas ventanas, una, del doble de tamaño que la otra. A través de ellas, no se ve el horizonte, ni los techos, ni árboles o flores. Tuvo banderines, de colores, que se colgaron para una fiesta, yo no saqué, y quedaron hasta que en invierno, con los días fríos y el patio seco quedaron como una naturaleza muerta. Una noche, el agua de la lluvia inundó el patio y entró por la ventana abierta, sumergiendo el ambiente con mi cama, libros y el teléfono que dejó de sonar para siempre. Al llegar, descubrí, asomado a la ventana, con la lluvia aún cayendo en el patio, y sobre el vidrio, que las baldosas no eran más grises. Había algunas verdes. Otras celestes. Bajo el agua turbia de la lluvia, con la oscuridad de una tormenta y el cansancio de las 4 de la mañana, no llegué a ver que había dos verdes distintos. Uno era como el del laurel. El otro como el de la salvia.

Thursday, January 24, 2008

Una noche después de Manhattan


La copa helada calca y nubla

Van a dar las 3 y el viento levanta el polvo en mí. Después vendrá el recuerdo de Rita enroscada entre las sábanas, el fuego de la palma de mi mano, la luz del reloj por una llamada perdida y un (1) que anuncia un mail nocturno.

La frontera del sueño, esa costura de luz en la almohada, que a veces me duerme, espanta

En el texto, naranjas amargas, chica le dice a un chico, Manhattan y la antártida en el mismo mapa, besos

Replay

Tu isla es una copa roja cruza con violeta y madera, una noche helada hace 6 años y el pasillo largo de la casa, después de rodar por tu cama, con plantines de pimientos, romero y una enamorada del muro.

¿Cuándo nos vemos?

entre paréntesis

Ida y vuelta,

Replay

pero la noche es una enredadera que tapa la memoria de lo que escribo

y desde adentro, los bichos trepan y le comen el amor

esas cajitas musicales cubiertas con papel, seda roja, miedo.

Replay

Basta

A sent mail, delete

Sign out

Inicio / Apagar equipo / Apagar

Y un cielo azul, negro, eléctrico

Monday, January 21, 2008

Francia




ok celine, he robado tu Francia. Como se arranca una sábana a la amante dormida. Como si fuera fácil y sirviera para cambiar de dónde vengo. Para perder el tiempo… o para vengarlo. Al principio fue por mi viaje, después fue por vos, por volver al vals y los fuegos artificiales. La última vez, por dos manhattan brillantes sobre la espuma de la madrugada, tu cama. Pero después di a Vian en tres cartas sin remitente, guardé el ticket de la gare du nord en la puerta de la heladera y escribí en el vidrio del tren a Liniers, tu nombre. Volví a las cartas sin título, al freezer de las seis de la mañana, a buscar la forma de las ciudades en google earth, a Casablanca y a pegar las partes rotas y estiradas, de un vestido. Desguasé tu nombre como una máquina, un mueble, una noche. Tu Francia fue una remera y la mesa después de una comida. Un espejo que se llena de manchas negras (¿humedad?). ¿Sabes?, un amigo me trajo Gitanes, negros, sin filtro. Una escarapela para hacer eco. Patito en el charco del cielo. Y los fumo en un sillón gris, escuchando A.M. La planta de lavanda que posé como un tótem en la mesa del jardín, ahora aturde. Reina. El mercado donde hacían de los cerdos cajas musicales para la siesta, ahora vende flores, libros usados y zapatos de gente que ya no está más. ¿Te acordás cuando trajiste el ticket del tren a Berlín? Para mi era el mismo viaje que a Mar del plata, pero más frío. Tenías mis bermudas de jean, que vos cortaste, los zapatos que me gustaban, las manos con olor a detergente, mi ropa y café. Había una muñeca en vos, y adentro un perro, y una máquina de criar canciones que otros tarareaban, porque no sabían la letra. Y en la parte más chica, tierna y cálida, un bosque donde los árboles zumbaban como moscardones, un 747, mi sueño. Ok celine, he robado tu Francia. Pero cada vez que vuelvo al tren, veo el paisaje inmóvil, con mis cuerpos históricos, sin cabeza, alineados. Y me alegro. Y me río. Es el fin de todas mis palabras. Historias, anécdotas, razones, cuentos. Ok celine, he robado tu Francia. Y ya no queda nada.


Wednesday, January 16, 2008

archipiélago

Después vamos a ir a oriente. La ruta de la seda, en una noche

Entre la sábana con olor a Skip, y la boca entre clavos, olor.

Las naranjas del delta, amargas, víveres y espejo.

Creeme

Esta muy cerca la orilla del hambre que ya tenemos. Como está cerca el mapa de tu cama, aún a 1500 kilómetros. Alaska, Andalucía y la Antártida

Son el mismo lugar si se busca la distancia en la palma de mi mano

En tu boca

En el rayo de luz del tren

En el google earth

En el archipiélago de mis ganas

un rayo blanco



Un rayo blanco, de cañas, esclavos y mar.

Madera, clavos de acero, óxido sanguineo, en el hambre, en ti.


Bebo de anoche, pinga y cerveza, horas y tierra, rocío y hielo.

Cuando despierte,

Marcaré tu teléfono caminando por el patio

Nocturno, negro,

ruín

Tal vez estes, quizás no

Tuesday, December 25, 2007

1.000.000

libre, liebre

Parqué en codos. Plastificado que limpia la espalda tirada. Roto. Una mano abierta. No. Dos manos abiertas. Una pierna doblada. No. Dos manos dobladas. Flores en el pecho. Un cielo celeste en el pecho. La sangre en el pecho, lejana. Una bolsa con plata y documentos. Los pies descalzos que no caminan. Tirado. Roto. Libre. Liebre. Fósil. Baba. Molusco. Vertebrado. Sala. Dócil. Suelto. Cadena de agua. Viena. Berlín. El este en la puerta

Thursday, November 22, 2007

bailarina

El precio – base de la ejecución

Se arroga la captura, en regla, realizado.


el mes pasado, bailarina.

Las fotos y las huellas, la captura

La venta

La viuda fértil del mes


El mes pasado, bailarina.


Un puñado de dólares

Y el cadáver


El mes pasado, bailarina


Las hembras hicieron su pequeña prueba

Las mujeres envían “señales”

Su misión había sido cumplida, bailarina

Sunday, November 11, 2007

Wednesday, October 17, 2007

¡Primavera!


Durante la primavera los días se van alargando, desplegando como el paquete de un regalo que se abre con paciencia, creciendo como un a torta en el horno, estirando tal que fuera agua que estrecha su cauce para dar curso a su caudal. El sol sale cada día un poco antes y se pone un poco después, siendo la noche más corta cada día. Y las noches se hacen más cortas que otras noches.

La palabra Primavera es sinónimo de vida, juventud, sol, aire, viajes estelares, amoríos, líos, roces, enamoramientos súbitos, fantasías que se siembran diurnas y brotan en cuanto baja el sol, batallas por cuerpos extraños, enredaderas que cubren las medianeras y jazmines que caen al agua y liberan su perfume, húmedos y brillantes. Se identifica con el tiempo en que se unen las cosas en su mayor vigor, hermosura y frescura. Esta unión produce una mezcla que suele enamorar.

Al iniciar la Primavera, es momento de preparar la tierra y sembrar la mayoría de los cultivos básicos para aprovechar la llegada próxima de las lluvias. El cielo, por las noches, suele mantener un resplandor plateado, pero que solo puede apreciarse saliendo de la ciudad, a unos 80 kilómetros, navegando hacia la costa uruguaya a vela, volando al amanecer o con un telescopio que apunte a Venus. Se plantan también una gran variedad de árboles frutales, de hortalizas y legumbres.

Como es la estación que sigue al invierno, la primavera representa un cambio del clima que se refleja en las plantas, porque aparecen numerosas flores vistiendo alegres y llamativos colores acompañados de sus fragancias.

Los animales también disfrutan del buen clima y muchos de ellos se reproducen en esta época, las aves incuban sus huevos y hasta las abejas ponen los suyos. La miel que se obtiene en esta época es la más rica, aunque menos dulce. En las personas podemos notar igualmente el reflejo de una estación colorida y alegre. El enamoramiento se da mucho en esta época del año sobre todo en los humanos. El resto de las especies no suele enamorarse.

Tuesday, October 16, 2007

basura

seis bolsas de plástico, basura

distintas casas, distintas marcas

Conteniendo papeles, basura

el viento roto bajo la cama

entre medianoches, entre vasos

en el revés de la mano, basura.

Cortando cuatro años al bies y

pegando títulos sobre una alfombra de luces

Descubro que en un párrafo, sea el que sea,

Hay tantas palabras útiles como en un año de suplementos guardados.

Y solo pasa que un solo domingo se enciende en fogata sobre la cama

ahí toda la semana apaga su rostro. Antes de despertar el domingo ya no existe, y solo queda

basura

seis bolsas de plástico, dos cajas de cartón,

una de Gancia, una de Campari

guardan cartas que volaron un océano escritas en tinta azul

ahora se deshacen

basura.

entre la cuadrícula que ordena mi perdón anillado

una bolsa grande como una bañadera pequeña donde caben

los cuadernos del diario del año prendido fuego,

basura.

Las cenizas

su aliento tibio y los fósforos en una caja de música

con el ruido del piano de Bach

Basura.

El radar abierto al medio como una res blanca

no lleva a ningún lugar. Apenas

orienta el horizonte de lunes a sábado.

Apenas se cierra se abre y se hace

basura

La cama mojada, rodeada de las llamadas perdidas

Nutre el sueño, los dos ambientes, mi hambre.

Selección de los papeles para hacer la basura

cuerpo médano contra el viento de la tarde

arena en la almohada, en las manos

basura

El filo del mar. El frío del mal.

Lo feo de volver a oscuras a casa sobre una tormenta eléctrica

lo feo de sacar

basura

vivre, satan, una moto y la niebla



Monday, October 15, 2007

prevert

Peut-on jamais savoir par où commence
Et quand finit l'indifférence
Passe l'automne vienne
L'hiver
Et que la chanson de Prévert

autofocus



Wednesday, September 26, 2007

los fantasmas, la espuma y el amor

Una foto difusa

De una foto fantasma -

Una escena de espuma,

agua de felicidad -

dos cuerpos que se aman, se pierden

dos cuerpos que no se ven, se aman

una foto difusa

de una foto fantasma

una escena de miedo

en un cielo blanco y espeso

dos cuerpos que se duermen

flotantes

escenas de la felicidad

Arkaham entre flores

Un gato teme, muele, palpa, huele

Un gato guarda

Esconde

Ve

Un gato pierde, trepa, lame, come

Un gato guarda

Esconde

ve